Bloqueos en carreteras, obras improvisadas, presión de elementos de la Secretaría de Seguridad Pública Estatal y el uso de directivos y trabajadores del Gobierno del Estado para obstaculizar la marcha: fueron algunos de los recursos que el Estado usó sin éxito para frenar la marcha histórica contra la gobernadora María Eugenia Campos, a quien se le señala por presuntamente abrirle las puertas a la CIA sin autorización del Gobierno federal.

Y, sin embargo, desde temprano —cuando el día todavía no se decide del todo— empezó a notarse que la autoridad, por más que se vista de operativo, no pudo detener lo que ya venía caminando: el rumor de una indignación colectiva, el rastro de una consigna que se pega a la piel y a las gargantas como si fuera propia.
Todo comenzó desde temprano, con operativos en carreteras de la SSPE, para fotografíar a automovilistas y camiones de turismo donde creían se trasladaban simpatizantes de Morena. Fotografiar es una forma de vigilar; vigilar es una forma de reducir a la gente a “caso” y no a “pueblo”. Pero en esta mañana la intención se volvió evidencia: en lugar de frenar, dejó constancia.
A las 8 de la mañana de este sábado fueron vistos en prácticamente todas las carreteras del estado. En la Juárez-Chihuahua, por ejemplo, más de diez unidades se pusieron en “modo operativo” cerca de Villa Ahumada y cuarenta minutos después fueron evidenciados con un dron que prácticamente permitieron y ayudaron a una veintena de traileros que bloquearon la carretera un kilómetro antes de llegar a la casetas de peaje de Sacramento.

Lo mismo sucedía en otras entradas a la capital por el sur y este, particularmente en Meoqui, donde agricultores bloquearon el paso a automovilistas, ahí obstaculizaron el paso con mantas señalando por narcotráfico a Morena, uno de los recursos que han utilizado en días recientes funcionarios de Gobierno del Estado.
La política mexicana tiene maneras de hacerse: unas son de debate, otras de estorbo; algunas de propaganda, otras de cerco. Y así, en el calor y el ruido, la marcha fue probando que la ciudadanía quería gritarle a la gobernadora, pedirle su renuncia por traicionar a la patria.
Mario Mata Carrasco, Director Ejecutivo de la Junta Central de Agua y Saneamiento (JCAS), fue uno de los funcionarios cercanos a la gobernadora María Eugenia Campos. Lo observado para frenar la marcha fue similar a lo visto en los mejores tiempos del PRI. Dicen que cuando el miedo no encuentra argumentos, regresa la vieja liturgia: no dialogar, sino interrumpir.

A las 3:00 de la tarde los alrededores de la Glorieta de Pancho Villa, eran una fiesta. Banderas mexicanas, el corrido de Chihuahua y chalecos de Morena a la venta, junto con una temperatura de 35 grados centígrados. La fiesta no es lo contrario de la protesta, sino una manera de existir. Es la forma de decir “estamos aquí” aunque el clima apriete y aunque la intención sea desgastar. Hay calor que cansa y calor que reúne; este sábado, el calor reunió.
Cuidado con los ministeriales, dijo uno de los organizadores. Algunos intentaban perderse entre la multitud, vestidos de civil, tomaban fotografías y observaban a los líderes. Los contingentes seguían llegando a las 4:00 de la tarde, cuando estaba planeada la salida rumbo a Palacio de Gobierno, donde ya había sido montado el templete donde la presidenta de Morena, Ariadna Montiel, daría su demoledor discurso contra la gobernadora dos horas después.
La espera también era parte del ritual: la gente se acomodó, se organizó, se preparó para lo que venía. Luego con música de hip hop, norteña y otra vez el corrido de Chihuahua, los contingentes comenzaron a avanzar con un grupo de integrantes de pueblos originarios. Era presencia plural, una coreografía humana hecha de deseo y determinación. De esos que, cuando se juntan, no necesitan pedir permiso.

“Maru borracha, te huele la cucaracha”, “fuera Maru, fuera Maru”, eran algunas de las consignas que repetía la multitud a lo largo de la avenida Universidad. En esa avenida, entre el sol y las voces, las protestas se hicieron sentir.

Ariadna Montiel, Cruz Pérez Cuéllar, Andrés Manuel López Beltrán, Alejandro Pérez Cuéllar y Andrea Chávez, encabezaban uno de los contingentes y repetían “Maru ya se va, Maru ya se va”. Así avanzaron hasta que se encontraron una zanja en el cruce con Manuel Doblado, de la JLAS. La zanja fue un obstáculo material superado como los bloqueos de la mañana.

“Esa obra no estaba pero de todas maneras aquí estamos y no nos van a detener”, dijo un hombre de canas después de saltarla.
Igual que la zanja, fueron pintadas las líneas divisoras en la entrada de Chihuahua, para provocar un embudo entre los automovilistas que ingresaban a la capital llenos de morenitas. La planeación del obstáculo no fue suficiente para encerrar la voluntad. La gente, como suele suceder, se ajusta al paso como se ajusta a la vida: sin dejar que el encierro gane la partida.

El calor no cedía, seguían los 35 grados pero la gente seguía caminando, y cientos continuaban incorporándose por las calles aledañas, hasta formar una fila casi interminable que alcanzó las 20 mil personas. Y cuando el cuerpo empieza a pedir tregua, la dignidad le da continuidad, porque no hay cansancio que no tenga un porqué. Así se forma una multitud: con pies que duelen, pero con un objetivo que se vuelve más grande que el dolor.

En Palacio de Gobierno Montiel supo hacer lo que sabe hacer. Se echó encima a un partido para decirle a la gobernadora que se le acabó su tiempo y llegó el de Morena. Esa manera de hablar —directa, sin pedir perdón por su urgencia— suele ser el motor emocional de estos actos, por lo que el pueblo reconoce en la palabra una forma de justicia.

Ya en el centro de la ciudad, sobre un templete que fue colocado para el acto, distintos oradores reiteraron la demanda contra la mandataria. Si algo define a la protesta, es su insistencia: repetir no para aburrir, sino para que no se pierda lo que importa.
Ariadna Montiel expuso ante el que denomino como un tribunal popular, con miles de simpatizantes que escucharon el mensaje, que la acusación contra Campos es por violación a la soberanía y al pacto federal; de usurpación y atribuciones y ataque a la República; de infracción grave a la ley de seguridad nacional, y de violar el principio de supremacía constitucional.

Subrayó que también “la acusamos de omisión grave y de usar a la Fiscalía General del Estado para destruir las pruebas del supuesto operativo, de someter las decisiones de nuestra patria a un gobierno extranjero, aquí y en cualquier lado, significa traicionar a la patria”. Y cuando pronuncian “traicionar a la patria”, no lo dicen como consigna hueca: lo sienten como herida.
Enseguida propuso recorrer todo el estado, “para recabar las firmas de quienes exigimos justicia y el juicio político contra María Eugenia Campos, porque nuestra lucha siempre va acompañada del pueblo. No vamos solamente a meter un escrito a la Cámara de Diputados; lo vamos a acompañar con el apoyo del pueblo. Así que todos a juntar firmas para el juicio político”.
Y tras afirmar que el PAN ha traicionado el legado de sus propios fundadores, aseveró que “es mentira que ya el PAN no está con el PRI. ¡Claro que sí. Alito Moreno ha salido a defender a esta señora traidora a la patria”.

Agregó que «no vamos a permitir que un gobierno servil sirva de caballo de Troya a intereses extranjeros. Es el inicio del fin de la impunidad de los panistas. iniciaremos el proceso de juicio político. No por revancha, no por rencor, no por un asunto electoral, sino por pura absoluta justicia y respeto a la ley y al Estado de derechos”.
Esa insistencia en “justicia” —tan difícil en un país acostumbrado a lo negociado— fue el golpe más íntimo del día. Porque la justicia no solo se exige: se sueña. Y cuando se sueña en voz alta, la gente responde. Propuso recorrer el estado para recabar firmar y echarla de Palacio de Gobierno, la lucha apenas comienza, supieron los miles de congregados. La idea es sacar a la gobernadora de Palacio de Gobierno.

