Los panistas traen la realidad en modo fantasía. No es exageración. Ahora resulta que César Jáuregui, según la dirigente estatal Daniela Álvarez, es poco menos que material de héroe electoral. Vaya estándar.

Con todo respeto —o el necesario—, alguien debería avisarle que no se emocione de más. Jáuregui provocó un problema internacional al permitir la participación de cuatro agentes de la CIA en el hallazgo de un supuesto narcolaboratorio. Supuesto, porque ni drogas aparecieron ni hubo detenidos. Un operativo tan contundente que no encontró nada.
Y, aun así, desde el Gobierno de Chihuahua se apresuraron a venderlo como uno de los más grandes del país. Una narrativa inflada que no resiste contraste. De acuerdo con datos de la Sedena, expuestos por su titular Ricardo Trevilla Trejo, en años recientes se han localizado al menos 64 laboratorios más grandes que ese. Pero claro, esos no estaban en temporada electoral.
No se trata de minimizar el hecho, pero tampoco de montar una épica donde no la hay. La reacción de Álvarez no solo es desproporcionada, sino reveladora: en el PAN parecen más interesados en fabricar candidatos que en asumir responsabilidades. Porque, seamos claros, Jáuregui difícilmente podrá ser candidato a la alcaldía de Chihuahua, pese a la inversión —generosa, por cierto— en su posicionamiento.
Ahí están las encuestas a modo, las entrevistas omnipresentes, los informes llenos de “logros” que ni el propio exfiscal parecía comprar del todo. Y los espectaculares, claro, que tapizaron la ciudad como si la popularidad se midiera en metros cuadrados. Hoy, curiosamente, comienzan a desaparecer. Tal vez también fue “parte de la estrategia”.
“Es un laboratorio muy grande, quizás de los más grandes hallazgos en la historia del país”, dijo Jáuregui en pleno fervor de precampaña. Una cosa es comunicar y otra muy distinta es exagerar sin rubor.
Mientras tanto, en el PAN hacen maromas para restarle importancia al detalle más delicado: la presencia de la CIA en territorio chihuahuense. Como si abrirle la puerta a una agencia extranjera fuera un trámite sin importancia, que no pasa nada, dicen. Y ni siquiera a la DEA, que habría sido la instancia lógica en un operativo antidrogas. No, fue la CIA. Pero al parecer, eso tampoco merece autocrítica… solo silencio incómodo y, si se puede, aplausos internos.
El cantinero que acusó sin pruebas
Imagine usted a un cantinero celoso de la mesa de enfrente: sin ver bien, empieza a anotar en su libreta que ya se tomaron cien cervezas, dos botellas de sotol y una de tequila. Se indigna, llama a la policía y jura que no le quieren pagar. Cuando llegan los agentes, revisan, observan… y descubren a clientes tranquilos, con una sola cerveza en la mano y ni rastro de borrachera. La libreta estaba llena, sí, pero de suposiciones.
Algo así suena hoy la acusación del Departamento de Justicia de Estados Unidos contra el gobernador Rubén Rocha Moya y otros funcionarios mexicanos. Mucho papel, muchas palabras, pero —hasta ahora— pocas pruebas que resistan una revisión seria.
Y en ese contexto, la postura de la presidenta Claudia Sheinbaum establece que, si hay evidencia contundente, se actúe conforme a la ley mexicana; si no la hay, que no se pretenda sentenciar desde fuera.
Porque aquí hay dos temas importantes. El primero, la ligereza con la que se hicieron públicas acusaciones que, por tratado, debían mantenerse en confidencialidad. El segundo, la coincidencia política.
Es muy raro que justo cuando México cuestiona la presencia de la CIA en Chihuahua, aparece una ofensiva judicial mediática contra figuras mexicanas. Demasiada sincronía para ser casualidad.
La propia Fiscalía General de la República ya lo dijo con otras palabras: lo enviado por Estados Unidos no viene acompañado de elementos probatorios suficientes. Es decir, la libreta del cantinero está muy bien escrita, pero no prueba que alguien se haya bebido todo lo que él asegura. Y en derecho, dicen los que dicen saber, las percepciones no condenan.
En el fondo, lo que está en juego no es solo el nombre de un gobernador, sino algo más delicado: la soberanía. Porque aceptar acusaciones sin sustento, filtradas y amplificadas fuera de los cauces legales, sería tanto como permitir que cualquiera llegue, apunte en su cuaderno lo que le convenga y exija consecuencias inmediatas.
No se protege a nadie, pero tampoco se condena sin pruebas, ese fue el mensaje de Sheinbaum. Una línea básica en cualquier sistema de justicia serio, aunque a algunos les incomode. Porque una cosa es cooperar y otra muy distinta es obedecer.
Más que un caso sólido, una investigación seria, esto parece una reacción. Una respuesta política disfrazada de expediente, en medio del ruido por la CIA en Chihuahua. Como el cantinero, que no pudo controlar lo que pasaba en su barra… y decidió inventar lo que ocurría en la mesa de enfrente.

