En las gradas, cartulinas que no parecen precisamente obra de la espontaneidad juvenil. No es una clase, tampoco el clásico acto cívico donde alguien bosteza discretamente. Es otra cosa: una zona gris donde la educación se cruza, y que a veces se tropieza, con la política.
La escena ocurrió en el gimnasio del Colegio de Bachilleres, un foro que, en teoría, pertenece al ámbito educativo, pero que ese día se transformó en vitrina. El evento fue impulsado por la Red Mexicana de Ciudades Amigas de la Niñez, una organización que, curiosamente, no pierde oportunidad para difundir las actividades del alcalde de Chihuahua y hoy precandidato al gobierno estatal por el PAN, Marco Bonilla.
Hasta ahí, podría pasar como parte del paisaje político de siempre… si no fuera por un detalle: en varios de sus materiales gráficos aparece el logotipo del Gobierno municipal de Chihuahua. Y entonces la escena cambia de tono, ¿se trata entonces de promoción política con cargo al erario? Cuesta trabajo pensar que no.

Y es que la trama se completa cuando se recuerda que el propio Bonilla es el presidente de la organización. Esta Red comparte en sus plataformas lo mismo contenidos con el alcalde de Chihuahua, que del Gobierno municipal. Así, con el pretexto de las “asambleas”, el formato se vuelve itinerante y funcional: se le pasea, se le posiciona, se le proyecta.



En Ciudad Juárez, por ejemplo, el tema del martes giró en torno a los riesgos del entorno digital y la importancia de navegar con mayor conciencia. El contenido, impecable; el contexto, discutible. ¿Estamos ante un ejercicio de participación juvenil o frente a un montaje cuidadosamente producido?
El punto no es si los jóvenes pueden escuchar a figuras públicas (eso, en sí mismo, puede ser parte de su formación), sino cómo y bajo qué condiciones ocurre. La convocatoria, al parecer, nació desde estructuras educativas públicas y terminó en un evento con signos de posicionamiento político. Por eso la línea institucional se desdibujó y se abrieron las puertas a posibles responsabilidades legales.
Primero, el artículo 134 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos no deja margen: los recursos del Estado deben ejercerse con imparcialidad. Si estudiantes, instalaciones o personal educativo fueron movilizados con un propósito político, no se trata de una interpretación, sino de una posible transgresión directa a ese principio. Tiene que investigarse.
A esto se suma la dimensión electoral. La Ley General de Instituciones y Procedimientos Electorales establece que ningún actor puede obtener ventaja indebida mediante el uso de estructuras públicas. La imagen de un auditorio lleno de alumnos en un evento con tintes partidistas no es solo simbólica, puede constituir una ventaja política construida desde lo institucional.
Hay otro elemento que nos llama la atención: la narrativa de origen. Si los estudiantes fueron convocados bajo un argumento distinto —un taller, un congreso, una actividad formativa— y el contenido real derivó en un posicionamiento político velado, entonces aparece un componente de simulación. Y la simulación, en materia pública, al menos en la teoría, es el punto de quiebre entre lo legítimo y lo indebido.
En ese mismo terreno se ubica la promoción personalizada. La leyes estatales prohíben que los servidores públicos utilicen su imagen o cargo con fines electorales. La presencia de mensajes, símbolos o materiales que refuercen la figura de un actor político dentro de un evento organizado desde una estructura pública podría encuadrar en esta falta.
Más delicado aún es el ángulo penal, porque la Ley General en Materia de Delitos Electorales contempla sanciones cuando existe inducción o presión para participar en actos políticos. En un entorno escolar, donde la asistencia puede percibirse como obligatoria o institucional, la libertad de decisión de los estudiantes no siempre es plena. Y ahí es donde el problema deja de ser administrativo para convertirse en potencialmente delictivo. Por eso debe investigarse.
Con toda la movilización estudiantil, el foco dejó de estar en el evento para desplazarse hacia el escritorio: el de Roberto Anaya Moreno, titular de la Subsecretaría de Educación en la Zona Norte, por cierto, un puesto sin relación alguna con su trabajo profesional. ¿Qué hace un perfil así al frente de un área que exige sensibilidad pedagógica, conocimiento del sistema educativo y cercanía con la comunidad escolar?

La trayectoria de Anaya Moreno no tiene nada que ver con la educación. Su paso por la administración pública transita por la lógica del control, la norma y el trámite: fue director general de Inconformidades y subsecretario de Atención Ciudadana y Normatividad en la Secretaría de la Función Pública; subdirector general de Administración del Agua en la Comisión Nacional del Agua; director general adjunto de Normalización en la Secretaría de Economía. Su encargo más reciente, antes de llegar a Educación, fue como director jurídico de la Junta Central de Agua y Saneamiento del Estado de Chihuahua.
Es decir, un perfil técnico-administrativo, con acento en lo legal y lo procedimental, pero sin una ruta clara en el ámbito educativo. Y ahí es donde la pieza no termina de embonar. Porque la educación no se gestiona solo con reglamentos ni se conduce desde la lógica del expediente. Requiere contexto, experiencia en aula, o al menos en política educativa, y, sobre todo, criterio para entender que las escuelas no son plataformas ni los estudiantes audiencias.
También entra en juego la Ley General de Responsabilidades Administrativas, que sanciona conductas como el abuso de funciones o el desvío de recursos. No es necesario que haya un beneficio económico directo: basta con que el aparato público se utilice para fines distintos a los que le corresponden.
En este contexto, el alcalde Cruz Pérez Cuéllar pidió la renuncia de Roberto Anaya Moreno y dijo que iba a denunciar el uso político de estudiantes. Dejó entrever la posible responsabilidad directa del alcalde de Chihuahua, aunque según lo manifestó, ese ángulo está en revisión.
La figura del alcalde de Chihuahua, Marco Bonilla, aparece en ese cruce de responsabilidades. No como una conclusión, sino como un nodo dentro de una estructura que, de confirmarse, implicaría una cadena de decisiones políticas y administrativas orientadas a un mismo fin.
Hay algo central que está en juego, por lo que no es solo la legalidad de un evento, sino el papel de la escuela en la vida pública. Si un espacio escolar, como el Gimnasio del Colegio de Bachilleres, se convierte en escenario político, el riesgo no es únicamente jurídico: es formativo.
¿Cómo responderá México en el caso del gobernador de Sinaloa?
Vaya escándalo se vivió ayer tras darse a conocer la acusación contra el gobernador de Sinaloa. Hubo preguntas en el Congreso de la Unión y en el Senado sobre el desafuero; el tema se instaló de inmediato en la agenda nacional por la gravedad de los señalamientos.
La acusación del Departamento de Justicia de Estados Unidos contra Rubén Rocha Moya establece presuntos vínculos con el Cártel de Sinaloa para el tráfico de drogas hacia Estados Unidos . El documento señala que funcionarios y exfuncionarios habrían participado en una red de protección y operación para el envío de narcóticos, lo que coloca el caso en un nivel de alta relevancia jurídica.
La discusión sobre el desafuero se activó de inmediato entre legisladores, quienes revisan el procedimiento y las facultades correspondientes para atender un caso de esta naturaleza. El marco constitucional establece que la Cámara de Diputados puede iniciar el juicio de procedencia, mientras que los congresos locales tienen atribuciones en el ámbito estatal, lo que ha generado debate sobre la ruta legal a seguir .
El señalamiento proviene de autoridades estadounidenses, lo que añade una dimensión internacional al caso y coloca presión sobre las instituciones mexicanas para responder con base en la ley, no de manera política. En este contexto, la actuación del Gobierno federal y del Congreso de Sinaloa será determinante para procesar el caso conforme a los mecanismos legales establecidos.
Seis días antes de que se hiciera pública la acusación, el embajador de Estados Unidos en México, Ronald Johnson, advirtió en Sinaloa sobre los efectos de la corrupción en la inversión y el desarrollo económico. El mensaje del diplomático se dio durante un evento público en el que destacó la importancia de la transparencia y la certeza jurídica como condiciones para el crecimiento.
La evolución del caso dependerá de las investigaciones y de las decisiones que adopten las autoridades competentes en México, en un proceso que tendrá implicaciones políticas, legales e institucionales.
Que María Eugenia sí sabía de la CIA en Chihuahua: exdirector de la DEA
Lo dicho por Mike Vigil, exdirector de operaciones internacionales de la DEA, en entrevista con Sin Embargo —en el sentido de que la gobernadora María Eugenia Campos, conocida ahora en redes como “Lady CIA”, sabía más de lo que ha reconocido tras el escándalo de agentes estadounidenses en territorio chihuahuense— se convirtió de inmediato en materia de análisis.
Vigil puso el acento en una relación clave, como lo es la cercanía entre el fiscal César Jáuregui Moreno y la mandataria estatal. Su argumento es directo porque resulta poco creíble que una operación de tal magnitud ocurriera sin que ella estuviera informada. Se trata de una grieta en la narrativa oficial.
Y entonces aparece el elemento que reconfigura el tablero: la acusación de Estados Unidos contra el gobernador de Sinaloa, Rubén Rocha Moya. Para Vigil, la coincidencia en los tiempos no es casualidad. Sugiere que el caso podría estar conectado con lo ocurrido en Chihuahua, o incluso funcionar como una maniobra de distracción.
Si la acusación contra funcionarios sinaloenses tuviera algún vínculo con el caso Chihuahua, entonces lo que parecía un expediente aislado podría formar parte de una narrativa más amplia, donde los tiempos y los actores responden a una lógica distinta a la que se presenta públicamente.
En ese contexto, las versiones oficiales de Chihuahua comienzan a verse bajo otra luz. No necesariamente falsas, pero sí incompletas.

