Angine de Poitrine: el vértigo de las 24 escalas
(o cómo dos marcianos de Quebec
le rompieron la cabeza a Dave Grohl)
Quebec ha dado cosas extrañas y memorables: Céline Dion, Leonard Cohen, el poutine, ese frío que te corta la cara. Y aun así, nada termina de preparar para Angine de Poitrine. El nombre ya duele: “angina de pecho”. Un dolor que se siente en el esternón, justo donde pega la música cuando es intensa, distinta… o ambas cosas al mismo tiempo.
Detrás están Khn y Klek de Poitrine —sus nombres reales siguen siendo un misterio, guardados con una discreción casi religiosa— y vienen de Saguenay. No de Montreal, y eso importa. Montreal es la vitrina; Saguenay, en cambio, es donde se experimenta. Ahí, en medio del frío, diseñaron una guitarra de doble mástil con trastes adicionales: un instrumento que rompe la lógica tradicional y trabaja con 24 notas por octava. El doble de lo habitual. Porque lo convencional, claramente, no era suficiente.
I. La tormenta de los lunares
La sesión de KEXP, grabada en el festival Trans Musicales de Rennes, se volvió viral en febrero de 2026, y no por casualidad, sino por una construcción cuidadosa: las máscaras de papel maché con nariz fálica, los trajes de lunares y esos gestos triangulares que remiten a una especie de secta psicodélica funcionan como anzuelo, pero uno que no está vacío.
Exclaim! lo clavó: usan el verfremdungseffekt de Brecht, ese distanciamiento que te mantiene alerta, consciente de que estás frente a algo extraño. Estás viendo algo raro y lo sabés. Y es justo ahí, en esa sensación muy rara, donde empieza la maravilla.
II. La guitarra Frankenstein y la risa como dogma
Klek, el baterista, le serruchó los trastes a una guitarra normal para crear la bestia. Cuando la probaron por primera vez, se rieron, una risa nacida del asombro. “El momento en que empezamos a tocar con ella, nos reímos”, confesó a Guitar World. Esa carcajada es el centro de todo. Angine de Poitrine es la complicidad de dos tipos que juegan con las reglas de la música y siempre parecen salir ganando.
“Te hacen bailar como un mono en ácido, ponen a prueba tu sinapsis hasta dejarla jadeando y te regalan un disco que no sabías que necesitabas”, dijo Mondo Sonoro.
III. Vol. II: el vértigo de la fiesta
El disco arranca con “Fabienk”. Un bajo funky y juguetón que se enreda en una telaraña de polirritmias. Suena a robot electrocutándose en una discoteca de los setenta. Después viene “Mata Zyklek”, donde la psicodelia oriental se mezcla con el frenesí matemático. Un King Gizzard más desquiciado, más gamberro, con menos filtros.
“Sarniezz” es un galope frenético que haría las delicias de cualquier fan de Primus. Ese groove pesado y angular, esa disonancia que no pide permiso. Y luego la segunda mitad: “Utzp”, una polka marciana que desafía cualquier noción de baile convencional. “Yor Zarad”, donde la guitarra roza el ruido blanco con una intención claramente dadá. Y “Angor”, el cierre, más lento, tenso, como la calma antes de que la nave nodriza despegue definitivamente.
No es un disco para oyentes casuales. Es un campo de pruebas. Pero también una invitación a la fiesta más freak del universo.
IV. El veredicto del rockstar
Dave Grohl, el último rockstar en pie, dijo que Angine de Poitrine “le voló absolutamente la puta mente”. Y no es mame. En un panorama musical pasteurizado por algoritmos, estos dos tipos anónimos, que se esconden tras sus máscaras para que su música sea lo único que importa, se han convertido en la banda más improbable del planeta.
Pitchfork los bendijo. Exclaim! los calificó como “la banda sonora perfecta para la lucha eterna contra la conformidad”. Y no es exageración. Vol. II no es solo un discazo. Es un manifiesto. La prueba de que la técnica, el humor y la puesta en escena pueden convivir en perfecta armonía.
V. Lo que queda
Y la imagen se queda: Khn, el guitarrista, fumando bajo la campana de su cocina mientras ve cómo el contador de reproducciones sube sin parar, todavía incrédulo. Como cualquiera. Dos tipos de Saguenay, Quebec, que decidieron romper las reglas de la música y, a fuerza de terquedad y talento, terminaron por hacerse escuchar en todas partes.
Hicieron ruido, lo sostuvieron, lo empujaron hasta que encontró oído. Y ese sonido, áspero y preciso, termina instalándose en el pecho, como el nombre de la banda.

