Dicen los que dicen saber que hay políticos que visitan, y otros, pues, que se presentan como si fueran evento. La gobernadora María Eugenia Campos es de las segundas: no llega a Juárez, se anuncia, se despliega y, de paso, se aplaude solita. Para ella venir a la frontera sin presumir sería casi una falta administrativa en su estilo de gobierno.
Ayer volvió con ese tono de visita incómoda que aparece sin avisar y, antes de sentarse, ya está dando instrucciones y de paso pidiendo tequila, como si la casa fuera suya. Que si el alcalde Cruz Pérez Cuéllar anda distraído, que si ya está en campaña, que si trae boleados los zapatos y otras ocurrencias, comportamientos que nos recuerdan que nunca puede venir a Juárez en santa paz y que le gusta aparecer con la espada desenvainada.
Cruz le respondió que está concentrado en gobernar, tranquilo, y con algo de humor, sin alzar la voz, agregó: “Nunca me desmienten porque siempre digo la verdad; entonces aprovechan, ahorita aprovechan todo. De veras, ya nomás falta que con inteligencia artificial me pongan prendiendo un incendio o algo”.
Lo curioso es que mientras señala distracciones, la gobernadora parece olvidar que los juarenses también tienen memoria, porque cada vez que viene a darle a la grilla, inevitablemente aparece la Torre Centinela, ese elefante blanco con ínfulas de vigilancia futurista que terminó siendo más símbolo de negocio que de seguridad. Mucho concreto, mucha cámara, mucho dinero tirado a la basura.

Quedó claro, pues, que para la gobernadora es más cómodo hablar de las “distracciones” de Pérez Cuéllar, de lo que sucede en casa propia, porque mientras en Juárez se reparten calificativos, en Chihuahua capital se acumulan cifras que ya no caben debajo del discurso. Y no hablamos del negociazo de las patrullas rentadas, sino de otro desfalco azul.
Los legisladores morenistas ya lo han señalado varias veces, Marco Bonilla lleva en su gestión cuatro deudas que superan los mil millones de pesos, cuyos intereses, pues, son más de 95 millones de pesos. Pero María Eugenia no tuvo comentarios para ese tema. Para la mandataria, parece, eso sí es tema menor. Lo importante era venir a señalar que alguien más anda distraído, aunque la cuenta grande esté en otro lado.
Da la impresión de que en la agenda estatal hay prioridades curiosas, como las “distracciones” ajenas ocupan el centro del discurso, mientras la deuda en la capital de los habitantes de la ciudad de Chihuahua se maneja como nota al pie. Y así, entre dardos pequeños y silencios grandes, se gobierna… o al menos se aparenta. Pero no se iba a ir limpia.
CCE lanza aviso a la gobernadora: a Juárez le falta obra
Y por si algo le faltaba al tour fronterizo, a la gobernadora no le salió del todo tersa la visita a Juárez. Mientras el discurso oficial se envolvía en compromiso y presencia casi heroica, del otro lado empezaron a caerle mensajes menos cómodos… y lo peor, no venían de la oposición, sino de esos que normalmente aplauden bajito.
El Consejo Coordinador Empresarial salió con un posicionamiento que, sin perder las formas, sí dejó claro el fondo. Básicamente le dijeron que con lo que hay no alcanza, que la obra pública del estado en la frontera sigue quedándose corta y que limitarse a lo ya anunciado no resuelve el rezago.
Pusieron como ejemplo la ampliación de la avenida 16 de Septiembre, con el objetivo de extender su conexión desde Camino Real hasta la carretera a Jerónimo, así como la ampliación de la avenida Manuel Talamás Camandari hacia el oriente, hasta su entronque con la carretera Panamericana.
La verdad que no fue un reclamo estridente, pero tampoco se trató un aplauso. Fue ese tono empresarial que suena educado, pero que en realidad trae filo. Le pidieron ampliar la mira, meterle recursos a nuevos proyectos y dejar de administrar la inercia como si fuera estrategia.
Lo que están diciendo es bastante simple, Juárez necesita más obra y menos discurso. Y cuando los empresarios, que suelen ser prudentes con el poder, empiezan a marcar distancia, es porque algo no está cuadrando del todo bien.
Omisión, simulación y un Congreso que no cumple
En el Congreso del Estado, mientras tanto, pasa lo que pasa cuando a la mayoría le incomodan los temas; se guardan, se empolvan y se olvidan… hasta que revientan. Ayer, Cuauhtémoc Estrada volvió a destapar la famosa “congeladora”, ese archivo muerto donde van a parar las iniciativas que no le gustan al bloque prianista. Porque aquí no se trata de debatirlas y votarlas en contra, que sería lo mínimo esperable, sino de esconderlas como si así desaparecieran.
Pero no, no desaparecen. Se acumulan. Y peor, generan consecuencias. La omisión legislativa, dijo el coordinador de la bancada guinda en el Congreso local, ya dejó de ser un tecnicismo para convertirse en una factura real. Hay sentencias que lo dicen con todas sus letras, que el Congreso no está cumpliendo. Y no porque no pueda, sino porque no quiere. No hay limitantes legales… es una cuestión de incomodidad política.
El problema es que en ese cálculo se les olvida para qué están ahí. No les pagan ni los eligieron para patear el bote indefinidamente, están para discutir, votar y hacerse responsables, incluso cuando el tema incomoda. Pero en lugar de eso, el guion parece claro, si no gusta se congela, si presiona se pospone y si obliga se simula.
Ahí está el caso de los regidores por demarcación territorial, una discusión que viene desde 2017 y que el propio Congreso convirtió en compromiso legal con fechas y decretos. ¿Y qué hizo después? Exacto: patear el bote… dos veces. Y por si fuera poco, todavía hubo intentos recientes, recordó el diputado, de echarlo para atrás.
El detalle es que los tribunales ya intervinieron y les recordaron algo básico: lo que el propio Congreso aprueba, el propio Congreso lo tiene que cumplir. Parece obvio, pero no lo es cuando la mayoría prefiere la comodidad de la congeladora antes que el costo político de tomar decisiones. Así, entre omisiones y simulaciones, el Poder Legislativo termina haciendo justo lo contrario de lo que su nombre indica: legislar.
Lilia Aguilar y el precio de jugar a la rebelde
Y mientras en San Lázaro se afinaban los números y se levantaban manos con disciplina casi coreográfica, a la chihuahuense Lilia Aguilar le tocó vivir la otra cara del movimiento, la de la lealtad vigilada. Porque en la 4T se puede disentir… pero no mucho, no siempre y, sobre todo, no en público. La diputada del PT, que ha hecho de la incomodidad su sello, volvió a comprobar que salirse del guion tiene costo, y que ese costo se cobra, puntualmente, en redes sociales.


Los números no mienten y tampoco perdonan. Ayer, en una publicación en su cuenta oficial, acumuló más de 700 comentarios en contra, reacciones de risa y enojo, y una audiencia que pasó de seguidora a fiscal en cuestión de minutos. Sabemos que las redes son una especie de tribunal digital y también que, en estos tiempos, disentir dentro del movimiento no es debate… es herejía.
Y eso ocurrió justo poco antes de que Morena y sus aliados, con el respaldo de Movimiento Ciudadano, sacaban adelante el llamado Plan B electoral. Cuatro horas de discusión, 377 votos a favor y la aplanadora funcionando como reloj bien aceitado. La reforma avanza, con recortes, ajustes y la promesa de hacer más austero el aparato electoral. Todo en orden, todo en bloque, todo alineado.
Pero ahí es donde aparece la ironía. Mientras en tribuna se habla de democracia, en la práctica interna la palabra clave sigue siendo otra: lealtad. No la lealtad como convicción, sino la lealtad como requisito. Como filtro. Como aduana política donde cada postura se revisa, se mide y, si no cuadra, se castiga.
En Morena se puede levantar la mano para votar, pero no siempre para opinar distinto. Y Lilia Aguilar, entre emojis de burla y comentarios furiosos, terminó recordando algo que en la 4T se sabe bien: la línea no se cruza… se sigue. Aunque a veces, en el intento, se pierda justo eso que dicen defender, la pluralidad.

