Sobre graffiti, privilegio y el derecho a irrumpir el espacio público
Era domingo en Biznaga. Estábamos en el taller de grabado. Ahí estaba Cinthya Rodríguez, psicóloga infantil y amiga de hace años. Terminamos el taller y salimos. Nos subimos a su carro y dimos una vuelta: la ciudad pasaba frente a nosotras como siempre, polvo, llantas, escombro, bardas saturadas.
Me dice que ya no puede ver la ciudad como antes, que ahora la lee. Me cuenta que, además de Biznaga, ha estado asistiendo a Juaritos Rifa, un espacio autogestivo donde ha aprendido a hacer gráfica urbana: paste up, graffiti, stickers. Ahí ha conocido a otras mujeres y también ha empezado a hacer sus propias bombas.

Ahora identifica los tags, reconoce su dificultad, intuye lo que dicen. Lo que antes era ruido, ahora es lenguaje. Lo que antes era paisaje muerto como la basura, las llantas o los escombros ahora se vuelve un sistema de signos y síntomas. Mientras me explica que ahora quiere “ir lento, detenerse y fijarse en los detalles, porque es una manera de resistir en esta ciudad llena de ruido, de dolor, de caos…”

Mientras la escucho, algo pausa mi manera de entender la ciudad.
Porque nunca me había atrevido a hablar públicamente sobre mi postura como muralista frente al graffiti. Durante mucho tiempo lo leí como una práctica atravesada por lógicas patriarcales: una forma de marcar territorio, de imponerse sobre el espacio y sobre otros cuerpos. Me recordaba a esos gestos donde no hay diálogo, solo imposición. Lo veía en la calle: tags que se pisan unos a otros, firmas que se tachan, muros convertidos en disputa. Había algo en esa dinámica que me resultaba violento, no en un sentido estético, sino simbólico.
Ahora me doy cuenta de que yo tampoco leía el graffiti de la ciudad; más bien lo ignoraba o lo miraba desde un lugar cómodo, desde el prejuicio.
Mi formación viene de la plástica, de la academia, de procesos largos, de conceptualización y de legitimación. Desde ahí, sentía que no necesitaba taggear los muros: había adquirido herramientas, códigos y técnicas que me permitían acceder al espacio público desde lo legal, desde convocatorias, permisos y validación institucional.
Y desde ahí construí mi distancia.
Sin embargo, hoy entiendo que esa lectura es sesgada y ya no me alcanza. Porque deja fuera las condiciones desde donde otras personas producen, enuncian y se hacen visibles en la ciudad.
No es lo mismo intervenir un muro desde un festival autorizado, con escaleras, andamios, permisos y patrocinio, que hacerlo desde la urgencia, desde el anonimato, desde la rabia. No es lo mismo ser leída desde la legitimidad que desde la sospecha.

Y entonces me cuestiono: ¿por qué hay escrituras que se celebran y otras que se criminalizan? ¿Por qué hay muros que se convierten en patrimonio cultural y otros que se limpian al día siguiente? ¿Por qué hay manifestaciones en la calle que llamamos arte y otras delito?
Como plantean Salvador Salazar y Amalia Rodríguez, estas prácticas pueden
“develar, remover el velo que perturba nuestra percepción, la huella de las múltiples violencias que atraviesan la vida cotidiana”
No es que Cinthya haya aprendido graffiti, es que aprendió a leer la ciudad. Y una vez que eso ocurre, ya no hay vuelta atrás, porque entonces aparece otra necesidad: la de ser leída.
Me lo dice así: ahora necesita intervenir el espacio público. Quiere hablar desde su lugar como psicóloga infantil, quiere poner en la ciudad algo que no se está diciendo: el cuidado y la defensa de las infancias.
Y ahí el gesto cambia.
Porque ocupar el espacio público no es solo una acción estética. Es una toma de posición. Es, como señalan los autores, “una apuesta del cuerpo” donde se ponen en juego otras formas de enunciación y de lo político.
Eso importa todavía más si recordamos, como plantea Monserrat Lira, que el espacio público no es neutro, y que muchas intervenciones urbanas han sido históricamente deslegitimadas como “formas incorrectas”, cuando en realidad funcionan como medios de comunicación, denuncia y expresión colectiva.
Ahí también se movió algo en mí, porque mi prejuicio no venía solo de una lectura crítica del graffiti, sino también del privilegio de haber tenido acceso a otros lenguajes para ser leída. Como si escribir desde el muro fuera un gesto menor frente a las formas “legítimas” del arte.
Pero no lo es.
Eso no borra la tensión que sigo viendo en ciertas prácticas del graffiti, pero sí cambia mi forma de mirar. Yo no haría graffiti, pero ya no puedo ignorarlo: ahora lo leo y lo respeto.

Porque espacios como Juaritos Rifa no solo enseñan técnicas. También enseñan a mirar distinto, a reconocer que la ciudad está llena de mensajes que no siempre fueron pensados para nosotras, pero que podemos aprender a descifrar.
Y en ese proceso, algo más se abre: la posibilidad de que más personas puedan escribir en la ciudad, no desde el privilegio, sino desde su experiencia.
Tal vez la ciudad nunca estuvo en silencio,
solo que no todxs teníamos los códigos para entenderla.
Y cuando estos códigos aparecen, también aparece algo más incómodo: la posibilidad de dejar de mirar la ciudad como paisaje y empezar a asumirla como un texto en disputa.
Para seguir pensando este tema:
Monserrat Lira, Esas no son formas: los estudios de arte urbano con perspectiva de género.
Salvador Salazar Gutiérrez y Amalia María Rodríguez Isais, Micropolíticas de la presencia: cuerpos, territorios, memorias

