Apenas ayer se advirtió en este espacio que el prianismo chihuahuense, bajo la batuta de María Eugenia Campos Galván, convertiría cualquier chispa social, por más pequeña que fuera, en antorcha política rumbo a 2027. Y dicho y hecho. No hubo que esperar casi nada para ver el guion en marcha, con actores bien peinados, ceja levantada y declaraciones listas para la cámara.
Primero salió a escena el representante de Gobierno en la Zona Norte, Carlos Ortiz Villegas, quien más que funcionario parecía ensayar un casting para telenovela política. Aunque solo eran apenas unos cuantos transportistas, como ocurrió en el resto de la entidad, el Estado se quedó con las ganas de que fueran más. Con una pose de urgencia cuidadosamente calculada y las poses que acostumbra hacer de divo de pueblo, Ortiz pidió a la Federación que resolviera el conflicto del campo, como si el problema hubiera nacido esa misma mañana y no llevara meses en diálogo y mesas de trabajo con Gobernación.

Este asunto lo tiene perfectamente ensayado el prianismo. El antecedente más reciente a nivel nacional fue la llamada marcha de la “Generación Z”, un montaje que intentó vestirse de movimiento juvenil sin tener sustento real entre los jóvenes. La narrativa se cayó sola cuando comenzaron a evidenciarse los hilos detrás de esa movilización, más cercana a la operación política que a una expresión auténtica.
Ese episodio terminó en un espectáculo incómodo. El entusiasmo artificial no logró ocultar la falta de legitimidad ni la intención de escalar la confrontación hasta escenarios mayores, incluso con insinuaciones de violencia simbólica contra instituciones.
Y ese patrón se ha repetido sin demasiada variación, porque primero se arma una causa o se identifica alguna, luego se le coloca una etiqueta atractiva, y después se inflan consignas mientras el caso se lanza a la arena pública. El libreto es básico, elevar el tono, exagerar el gesto, ocupar micrófonos y repetir el mensaje hasta que la saturación sustituya a la evidencia. Se trata de instalar percepciones y en ese terreno, sabemos, la verdad queda relegada y entonces el objetivo se concentra en moldear la opinión pública a partir de la repetición y el impacto mediático. Así de sencillo.
La estrategia fue clara en estas manifestaciones desanimadas, al menos en Chihuahua, donde la idea es cargarle todo al Gobierno federal, pintarlo como ausente y esperar que el ruido haga el resto. Aunque en los hechos, el diálogo con productores sigue activo, las reuniones se han sostenido y existe una ruta para atender la caída en los precios de los granos. Pero claro, eso no vende titulares ni genera reflectores.
Y entonces entró la figura estelar acompañada de reflectores azules. María Eugenia Campos Galván apareció con tono solemne y medio falso, pidiendo atención urgente al Gobierno federal, como si desde Palacio de Gobierno no se pudiera hacer más que observar el tráfico detenido desde la ventana. Es extraño que la gobernadora no haga si quiera una crítica a los bloqueos que afectan al estado que gobierna. Ni una palabra, ni un gesto de incomodidad ante las afectaciones a la ciudadanía.

La gobernadora se limitó a describir el problema, subrayar el impacto económico y apuntar hacia la Federación. Lo mismo de siempre. Una jugada política que busca quedar del lado correcto del discurso sin asumir el costo del conflicto. Sabe que señalar es sencillo, lo hace siempre, y que lo complejo es intervenir cuando la situación lo exige, pero en este caso no le convenía, por más pequeña y ruinosa que fuera la protesta, ya que se trata de levantar polvareda para que nadie pueda ver la realidad tal y como es.
Y como en toda obra bien ensayada, no podía faltar el tercer acto. Entró a escena el alcalde Marco Bonilla, quien, fiel al libreto, sonrisa congelada y todo el show para la ocasión, decidió no quedarse atrás y sumarse al coro. Con tono preocupado, advirtió que el campo enfrenta una crisis por el precio del diésel, los bajos precios de garantía y hasta un rezago de 25 mil trámites.
Buscó sacarle jugo político a una realidad que ya está siendo atendida y que sabe que no se resuelve de la noche a la mañana. Quiso llevar agua a su molino… pero como los bloqueos fueron parciales y protagonizados por unos cuantos transportistas, el tiro, pues, le salió por la culata al precandidato prianista que no logra levantar en las encuestas.

Bonilla hizo lo que mejor le sale en estos casos, colocarse del lado de la protesta sin mirar demasiado a quién podía afectar. Las molestias a la ciudadanía quedaron fuera del encuadre. Y, por decirlo de manera amable, también pareció desconocer por completo que existen mesas de diálogo abiertas con la Federación.
Ayer, los pocos transportistas que acudieron al kilómetro 20 en Juárez levantaron el bloqueo alrededor de las seis de la tarde, mientras el diálogo se mantenía abierto con la Secretaría de Gobernación en la Ciudad de México, es decir, la mesa seguía puesta y las conversaciones avanzaban, aunque eso no siempre encaje con el discurso de urgencia que los prianistas intentan instalar. Seguramente las protestas continuarán conforme avancen las fechas electorales y se acerque la inauguración del Mundial.
Y cuando regresen, no vendrán solos, porque detrás aparecerá, como por magia y muy puntual, el acompañamiento político del prianismo encabezado por Campos Galván, listo para repetir el mismo guion, con tono solemne y declaraciones recicladas, como si los chihuahuenses no reconocieran la puesta en escena azul.
La Policía Municipal resuelve crisis
El Gobierno del Estado no movió un solo dedo para liberar las carreteras. Ni un intento, ni una señal, ni una intervención visible, pero en Ciudad Juárez la historia tomó otro rumbo. La Secretaría de Seguridad Pública Municipal (SSPM), encabezada por César Omar Muñoz Morales y por instrucción del alcalde Cruz Pérez Cuéllar, hizo lo que tenía que hacerse, ir, dialogar y resolver. Los ciudadanos ya comenzaban a hartarse, las llamadas al 911 se acumulaban y el riesgo de que la situación escalara estaba ahí, latente.

La intervención fue oportuna, porque se habló con los manifestantes, se les dejó claro que estaban incurriendo en una falta y que habría consecuencias. No hubo necesidad de llegar más lejos. Bastó el diálogo firme para que liberaran la circulación.
La Policía Municipal evitó que el enojo ciudadano rebasara el límite y que alguien decidiera hacer justicia por su propia mano. En tiempos donde muchos prefieren el cálculo político aunque se afecte a la ciudadanía, aquí hubo responsabilidad. Y eso, en medio del caos, también cuenta.

