En política hay cosas que pueden maquillarse, matizarse o esconderse detrás de discursos más o menos ensayados. Y hay otras que, simplemente, terminan por asomarse solas. Eso es lo que hoy ocurre con la dirigencia estatal de Morena en Chihuahua. Brighite Granados ya no puede ocultar su respaldo al proyecto de la senadora Andrea Chávez en el proceso interno del partido rumbo a 2027.
No puede ocultarlo, primero, porque en corto ya lo ha dicho. Entre operadores, en esas reuniones donde se habla sin micrófonos, ha dicho que buena parte de la estructura del partido está lista para operar a favor de la senadora. Una estructura que, por cierto, resulta clave ante la evidente falta de alcance territorial de Andrea Chávez, que sigue construyendo presencia donde otros ya tienen camino recorrido.
Tampoco puede disimular el doble juego que ha intentado sostener. En lo institucional aparece con el alcalde Cruz Pérez Cuéllar, cuida las formas, posa para la foto y habla de unidad. En lo privado, la balanza está cargada. Es una práctica que se ha repetido más de una vez. Y sabemos que, cuando el discurso y la operación no coinciden, el margen de credibilidad se reduce. Es algo natural.
Si quedaba alguna duda, basta observar lo público. Cada aparición junto a Andrea Chávez deja ver una coincidencia política, en la que se observan gestos, cercanía y hasta ojos brillantes. Una presencia que rebasa lo institucional y se acerca más a la promoción abierta, con señales de inclinación política, aunque formalmente se insista en lo contrario.

El problema, dicen algunos morenistas, es que cuando quien dirige el partido en el estado inclina la balanza, el proceso interno deja de ser un terreno parejo. Y lo que está en juego no es solo una candidatura. Es la posibilidad de construir un proyecto competitivo rumbo a 2027, cuando Morena buscará disputar el poder al bloque conservador que hoy ocupa Palacio de Gobierno.
A eso se suma un factor que tampoco puede ignorarse. La cercanía familiar. Granados es sobrina de Juan Carlos Loera (su tío favorito), otro actor guinda con aspiraciones políticas. La política y la sangre rara vez caminan por separado, y en este caso, esa relación también pesa en la ecuación.
En momentos como el que viven los guindas de un lado y otro, la objetividad es una necesidad, lo sabe bien. La dirigencia estatal tendría que ser un punto de equilibrio, no un actor más dentro de la contienda, porque el partido corre el riesgo de fracturarse antes de tiempo.
Y si esa imparcialidad no es posible, la ruta más sana es otra. Dar un paso de lado y asumir abiertamente una postura. Lo contrario, insistir en una neutralidad que no se sostiene, solo termina debilitando al propio movimiento que dice defender.
PT firma su lugar en el basurero de la historia
El Partido del Trabajo tendrá que seguir padeciendo, merecidamente, el embate de los verdaderos seguidores de la Cuarta Transformación en redes sociales y, más temprano que tarde, en las urnas. Lo que ocurrió anoche con el llamado Plan B fue una ruptura no firmada.
El PT decidió, por segunda vez en cuestión de días, colocarse del lado contrario a la iniciativa de la presidenta Claudia Sheinbaum. Lo hizo eliminando la figura de revocación de mandato, uno de los pilares del discurso democrático del movimiento. Lo hizo además con el aplauso del PRI, del PAN y de Movimiento Ciudadano. Eso fue verdaderamente penoso.
Se vea por donde se vea y se intente entender de todas las maneras posibles, cavó su propia tumba política.El PT, que ha sobrevivido durante años cobijado por la 4T, decidió jugar en otra cancha en el momento más delicado. Con su traición a la presidenta, sus etiquetas cambiaron y su papel dentro del movimiento se redefinió.
En adelante, será difícil no verlo como un partido que, de facto, se alineó con la oposición en un tema tan importante. Un partido que, aunque mantenga el discurso de acompañamiento, operó en sentido contrario. Pareciera que el PT no entiende que en la 4T la lealtad es uno de ejes principales.
El costo no será inmediato en todos los frentes, pero sí acumulativo. En redes sociales ya se percibe el rechazo, entre las bases también. Y en 2027, cuando llegue la hora de las definiciones, ese desgaste tendrá traducción electoral.
El PT tendrá que enfrentar ese escenario. Un partido que hoy queda marcado y que empieza a ser visto como ajeno a la causa que llevó a Andrés Manuel López Obrador y a Claudia Sheinbaum a la Presidencia. Un partido que, por decisión propia, eligió su lugar en el basurero de la historia y donde poco a poco será olvidado.
Nacho Mier falló y dejó expuesta la operación en el Senado
Y en medio de ese desorden político, mal parado quedó el operador que se suponía debía evitarlo. Ignacio “Nacho” Mier, coordinador de Morena en el Senado, terminó siendo parte del problema. El Plan B avanzó en la semana como pudo y, cuando llegó el momento de cerrar el acuerdo con el PT, simplemente no se concretó.
Durante días, Mier aseguró que todo estaba bajo control. Habló de unidad, de diálogo permanente y de acuerdos en construcción. Incluso difundió fotografías con líderes del PT para reforzar la idea de que la coalición caminaba sin sobresaltos. Al final, las imágenes no votan ni convencen a nadie.
Todavía durante la tarde del 24 de marzo subió a sus redes que la coalición seguiría unida y haciendo historia, pero unas horas después la realidad le respondió con un descalabro.

El coordinador de Morena no logró alinear a sus aliados en un tema central para la presidenta Claudia Sheinbaum. Mientras él hablaba de control, el PT ya había tomado otra ruta. Mier no pudo cerrar la negociación y el costo político ya está sobre la mesa.

