Aesthetic: la obligación de ser visible
(o la estética después de sí misma)
“Ser natural es simplemente una pose,
y la más irritante que conozco”
— Oscar Wilde
Hubo un tiempo o al menos nos gusta pensar que lo hubo en que la estética era un problema filosófico. Una región delimitada de la experiencia donde lo bello, lo sublime o lo grotesco podían ser pensados sin urgencia, como si no estuvieran implicados en la supervivencia simbólica del individuo. Ahora una forma que produce cultura, y dentro de ella, el sujeto no es quien decide cómo verse, es aquello que emerge provisionalmente de una serie de decisiones estéticas que nunca son del todo propias.
Una estetización del mundo implicaría que hay un mundo previo que se embellece, se adorna o se interpreta bajo categorías sensibles. Pero ese mundo ya no está disponible. Lo que existe, en su lugar, es un campo de producción donde lo visible antecede a lo real. Ahora las cosas solo existen en tanto pueden ser vistas.
La estética, en su acepción filosófica, ha sido superada por absorción. Lo que durante siglos operó como reflexión sobre lo bello ha devenido en un sistema operativo. Y como todo sistema que se vuelve total, perdiendo su nombre original. Hoy se llama y lo conocemos como aesthetic.
La palabra en su desplazamiento del sustantivo estética al adjetivo global aesthetic ocurre algo más que una traducción, es una degradación funcional.
Estética desde Immanuel Kant referente a lo bello como experiencia implicaba un campo de pensamiento, mientras aesthetic designa un conjunto de superficies coherentes, intercambiables y replicables. Pasa de una teoría de la sensibilidad a un kit de identidad visual.
Y sin embargo, en esa forma empobrecida sobrevive distorsionado el impulso original, mediante la necesidad de hacer del mundo una experiencia sensible. Solo que ahora esa experiencia ya no se organiza en torno a la belleza, se desplaza a la legibilidad. Lo que no puede ser inmediatamente reconocido dentro de un código estético lo aesthetic minimalista, lo aesthetic lujo, lo aesthetic natural queda fuera de circulación.
La estética, en su versión contemporánea, deja de lado lo bello para dirigirse a lo visible.
En el siglo XIX, figuras como Wilde o Baudelaire desplazaron la estética del objeto al sujeto. La vida debía ser compuesta, el cuerpo intervenido y el gesto calculado. Pero incluso en ese desplazamiento había un resto de negatividad, radicado en la posibilidad de no hacerlo al igual que la famosa sentencia de Bartleby. El dandismo era una excepción que se afirmaba contra una norma.
Hoy el gesto se ha universalizado, perdiendo su conciencia. La diferencia es que ya no se trata de una elección estética, nace de una obligación social que impone de forma invisible que puede ser reconocido. La visibilidad es una condición de existencia, así quien no produce una imagen de sí mismo queda anulado.
Este régimen deja de distinguir entre lo que suele nombrarse como alto y bajo. De hecho, una de sus operaciones más eficaces es borrar esa distinción mientras finge mantenerla. La alta costura, por ejemplo, sigue presentándose como un espacio de excepcionalidad, de genio creativo y acceso restringido. Pero basta seguir el rastro de su producción para encontrar una continuidad incómoda con aquello que pretende excluir.
Así, la alta costura, tradicionalmente entendida como el ápice de la sofisticación, revela cuando se la observa sin romanticismo una continuidad inquietante con los circuitos ilegales que supuestamente la parasitan. La diferencia entre un vestido legítimo y su réplica no reside tanto en la calidad del objeto como en el relato que lo envuelve. Marca y mercancía comparten, en muchos casos, los mismos procesos, las mismas manos, incluso los mismos espacios de producción. Lo que cambia es el régimen de visibilidad en el que circulan.
En los primeros capítulos de Gomorra, Roberto Saviano describe con precisión clínica el circuito de la moda italiana talleres clandestinos, mano de obra explotada, materiales que circulan entre la legalidad y la falsificación. La prenda de lujo y su réplica dejaron de ser opuestos para ubicarse como variantes de un mismo proceso. Lo único que cambia es el régimen de legitimación que la hace aparecer como única. La estética, aquí, se aleja de la belleza, para producir solo una diferencia reconocible. Y esa diferencia puede ser simulada.
La estética, entonces, no distingue entre original y copia distingue entre lo que puede ser reconocido como legítimo y lo que debe permanecer en la sombra. Es un dispositivo de clasificación social antes que un criterio de belleza.
Hay una escena que Saviano en el capítulo dos de su libro, donde menciona y ha sido repetida hasta el agotamiento el vestido de Angelina Jolie en la alfombra roja, la pierna expuesta, el gesto convertido en meme antes de que existiera la palabra adecuada para nombrarlo. En ese retrato pierde importancia tanto la actriz, el diseñador y el evento. Lo relevante pasa a ser la condensación en esa imagen, el lujo deja de ser una cualidad del objeto para convertirse en una operación de visibilidad total.
El cuerpo activa la prenda como signo. Y ese signo circula, se reproduce, se imita y se deforma.
Lo que en ciertos contextos se denomina estética buchona es leído con una mezcla de desprecio y fascinación como una exageración, una vulgarización del lujo. Pero esa lectura falla en un punto esencial, ya que asume que existe un original del cual esta estética sería una copia defectuosa. Pero es inexistente.
Lo buchón deforma la estética, exponiéndola sin mediación. Donde la alta costura todavía conserva la ficción de la sutileza, aquí el signo se presenta desnudo. A través del brillo, volumen, marca visible y un cuerpo intervenido como gramática. La visibilidad simplemente se impone. En ese sentido, lo buchón está dentro del sistema estético, como su forma más honesta.
La música reciente ha entendido esto mejor que cualquier teoría. Los corridos tumbados organizan imágenes. En ellos, el poder económico se escenifica en cadenas, autos, marcas y cuerpos. Y cada elemento funciona como unidad mínima de sentido dentro de una sintaxis del estatus.
Pero el desplazamiento más interesante ocurre cuando esa sintaxis invade espacios que, en principio, le eran ajenos. Pasarelas de alta costura donde aparecen figuras como Natanael Cano, Peso Pluma o miembros de Fuerza Regida como Jesús Ortiz Paz dejó de ser visto como anomalía, para revelar que ambos operan bajo la misma lógica, en la producción de visibilidad como capital. La pasarela y el videoclip comparten una estructura, como dispositivos de aparición.
Frente a esto, la apelación a lo natural funciona como último refugio moral. Se invoca la autenticidad, la sencillez o la ausencia de artificio. Pero ese refugio es, en sí mismo, una construcción estética altamente codificada. La piel limpia, el cuerpo cuidado, el gesto espontáneo, nada de ello escapa al régimen de producción de imagen. Solo cambia el modo en que la intervención se narra. De un lado, la estética declarada, y del otro, la estética negada. Ambas obedecen a la misma exigencia de ser legibles.
Incluso, muchas de las personas que se asumen con normal o natural se hacen intervenciones que buscan pasar desapercibidas, lipo de papada, uso de filtros, consumo de skincare obsesivo y un control de imagen digital. Un minimalismo aspiracional.
La paradoja es que este sistema se presenta, a menudo, bajo el signo de la autenticidad. Se nos invita a ser nosotros mismos, a expresarnos o encontrar nuestro estilo. Pero esa invitación delimita un campo de operaciones. La autenticidad se convierte en una estética más, con sus códigos, sus expectativas y sus formas de validación. Ser auténtico, hoy, no significa escapar del sistema, se reduce a desempeñar correctamente uno de sus roles disponibles.
Filosóficamente hablando, si el sujeto solo existe en tanto es visible, entonces su identidad depende de su capacidad para sostener una forma reconocible en el tiempo. Pero esa forma está siempre expuesta a la obsolescencia, a la saturación, a la pérdida de eficacia. Lo que hoy produce reconocimiento, mañana produce indiferencia. El yo, en este contexto, es una serie de ajustes que se actualizan.
Cuando todo debe ser visible para existir, lo invisible deja de ser una dimensión posible del ser. Y sin embargo, es precisamente en esa pérdida donde podría residir la única forma de fuga.
La pregunta, entonces, deja de ser cómo resistir a la estetización esa batalla está perdida, para cuestionarnos si es posible interrumpir, aunque sea momentáneamente, la obligación de ser visible. Si puede existir una forma de experiencia que no se traduzca inmediatamente en imagen, que no busque reconocimiento, que no entre en circulación. Pero incluso esa pregunta corre el riesgo de convertirse en estilo. Y quizás ahí radique el punto más incómodo de todos, de que ya no podamos distinguir entre una fuga real y una variación dentro del sistema.
Que incluso el intento de desaparecer, sea, en el fondo, otra manera de aparecer.

