Donald Trump empieza a quedarse solo incluso dentro de su propio gobierno. La renuncia del director del Centro Nacional de Contraterrorismo deja ver un mensaje directo desde el corazón del aparato de seguridad. Cuando alguien con acceso a la información más sensible decide irse porque “no puede en buena conciencia” respaldar la guerra contra Irán, lo que queda en el aire es una acusación clara.
Es una acusación que confirma que esa guerra, presentada como urgente, necesaria y casi inevitable, no lo era. Trump, fiel a su estilo, no corrige y redobla. Mientras su propio equipo empieza a deslindarse, él decide subir el volumen, convencido de que gritar más fuerte basta.
En paralelo, el presidente ha decidido que el verdadero enemigo no está en Medio Oriente, sino en las redacciones. Reporteros “corruptos”, periodistas “criminales”, medios “antipatriotas”. El repertorio es amplio. Incluso ha sugerido que algunos podrían ser acusados de “traición”, como si informar fuera una amenaza al Estado y no un derecho básico. Y, por si quedaban dudas, su entorno ya empezó a insinuar que las licencias de los medios podrían revisarse si no se portan bien.
Nada mal para alguien que lleva años dando lecciones sobre democracia al resto del mundo.
Porque ahí está el detalle incómodo. Trump ha pasado buena parte de su carrera política señalando a gobiernos como los de Irán, Venezuela o Cuba, acusándolos de autoritarios, de controlar la prensa y de reprimir voces críticas. Ahora, desde la Casa Blanca, ensaya el mismo libreto con entusiasmo. Presiona, intimida, descalifica y, cuando no alcanza, amenaza.
El guion es tan evidente que ya ni siquiera sorprende. Lo que sí llama la atención es la velocidad con la que se normaliza. Un presidente que habla de acusar periodistas por traición, funcionarios que se van porque no quieren respaldar una guerra sin sustento, medios presionados desde el poder. Todo presentado como parte de una cruzada patriótica.
Trump parece convencido de que gobernar consiste en imponer su versión de los hechos y castigar a quien no la repita. La realidad, sin embargo, tiene la mala costumbre de filtrarse. Y cuando eso ocurre, ni los discursos ni las amenazas alcanzan para taparla.
Por ahora, el espectáculo continúa. Con un presidente que reparte acusaciones, pierde respaldos y actúa como si el mundo fuera una extensión de sus redes sociales. El problema es que no lo es. Y cada vez hay más señales de que incluso dentro de su propio entorno, ya nadie está tan dispuesto a seguirle el juego.

