John Button estaba pescando cuando los vio. No había pescado nada en toda la mañana, solo porquerías que el mar devuelve cuando está de mal humor, un zapato viejo, dos latas de sopa oxidadas, un sombrero de paja mordido por el tiempo y un sostén anaranjado que alguna vez perteneció a una bañista pequeña.
Se quedó mirando el sostén. En otro tiempo, quizá, habría imaginado que se convertía en un pez, que la mañana valía la pena. Pero ya no. Era solo un trapo amarillento. La jubilación estaba cerca; la muerte también.
Parecían gnomos, o pequeños diablillos flotando sobre la arena bajo el sol furioso. El negro de sus vestimentas resaltaba el blanco de sus rostros. ¿Demonios emergidos de dónde? Aquí todos son pobres y tristes. Solo el maquillaje y las botas Martens debieron de haber costado una fortuna.
Parecían dibujos animados orientales. Solo uno intimidaba. Tenía una mirada de demonio detrás del flequillo, como si llevara un dolor adentro, una mirada de profeta, de iluminado capaz de hacer volar a todos los pescados por los aires. Su nombre era Roberto, aunque después supo que le decían Robert, y decía tener la cura para un mundo que aún no enfermaba.
***
Se le quedó mirando a John a los ojos, con esos ojos de fuego, de pez en brama, de malecón cayéndose a pedazos, ojos de mujer doliente, de demonio. Roberto sacó de su abrigo un aparato ostentoso que brillaba con la luz del sol, a pesar de lo negro del objeto. Era una cámara fotográfica.
John aparece en la fotografía mirando inconmovible al vampiro de la playa, al vampiro de día, con una expresión que el mismísimo Céline habría envidiado. Una mirada directa, sin vacilar. Button era más grande que la cura misma. La cura estaba en él.
A la pregunta de por qué se había dejado retratar, Button contestó que accedió a prestar su imagen para ayudar a esos jóvenes a abrirse paso. Los jóvenes conformaban una banda de rock. La banda se llamaba The Cure y el disco se titularía Standing on a Beach.
***
El viejo John Button protagonizaría también el video de Killing an Arab, un track basado en El extranjero de Albert Camus. La lírica describe un tiroteo en la playa, la misma playa de Button, la misma de Meursault, la de Robert Smith, la de Camus.
“Me puedo dar vuelta
e irme,
o puedo disparar el arma
mirando fijamente al cielo,
mirando fijamente al sol.
Lo que sea que elija
significa lo mismo.
Absolutamente nada.”
***
Button dijo que compraría un reproductor estéreo solo por curiosidad, solo para ver. En ese LP que el viejo puso al fin en el reproductor se contenían las recopilaciones de todos los sencillos de los diablillos maquillados. Canciones de cuna para dormir peces por la noche y asfixiarlos de día con la red. Canciones para recordar a la mujer ausente.
“Pero si tuviera tu rostro
podría salir de esto a salvo.
Si solo estuviera seguro
de que mi cabeza en la puerta
era solo un sueño.”
Llorar a moco tendido. Llorar de viejo, de ausencia. Bailar un pogo triste con la luna, con las olas del mar.
“Ayer me sentí tan viejo.
Sentí como si fuera a morir.
Ayer me sentí tan viejo.
Eso me hizo querer llorar.”
Un disco de playas inconsolables, de asesinatos, de cuerpos enterrados en la arena, de extraños, de recuerdos. Recuerdos de la mujer que ya no está, pero que estuvo. Del hijo que se ha marchado, que se ha ido al mar.
Y aunque los chicos no lloran, hacerlo, llorarlo e intentar reírse de ello, cubrir el llanto con mentiras dulces, esconder las lágrimas porque los chicos no lloran. Los viejos, como Button, no deberían llorar. Pero lloran.
***
Nadie supo si John Button volvió a pescar después de esa tarde. Pero años después, cuando Standing on a Beach se convirtió en un disco de culto, alguien reconoció la fotografía. Ese viejo de mirada dura, parado frente al mar, era el mismo que aparecía en la contraportada.
Algunos dijeron que Button nunca supo la fama que alcanzó su imagen, que murió sin enterarse. Otros aseguran que sí, que el viejo compró el estéreo, que puso el cassette y que entendió, sin entender las palabras, que esas canciones hablaban de él, de su playa, de su soledad.
En la foto Button no sonríe. No hay nada que celebrar cuando has pasado la vida esperando que el mar te devuelva algo que valga la pena. Pero hay una dignidad en su mirada, una manera de estar ahí sin pedir nada, que es justo lo que los vampiros de día vinieron a buscar.
Esa mirada que dice que los chicos no lloran.
Que los viejos tampoco.

