Rocío Sáenz Ramírez habla con la convicción de quien ha dedicado buena parte de su vida a transformar una realidad que, durante décadas, ha marcado profundamente a Ciudad Juárez. Fundadora de la asociación Renace y Vive Mujer, explica que este 2026 la organización cumple catorce años de trabajo enfocado en el empoderamiento femenino, la atención a las violencias y la formación en perspectiva de género.
A lo largo de este tiempo, Renace y Vive Mujer ha impulsado capacitaciones, certificaciones y espacios de diálogo que buscan fortalecer la autonomía de las mujeres y brindar herramientas para enfrentar distintas formas de violencia. Más que una organización de acompañamiento, señala, se trata de un colectivo que trabaja para construir conciencia y abrir caminos para que las mujeres puedan ejercer plenamente su vida y sus derechos.

La iniciativa surgió en un contexto marcado por la historia de violencia que ha acompañado a la ciudad fronteriza. Sáenz Ramírez recuerda que muchas de las mujeres que fundaron la asociación crecieron en un ambiente atravesado por el miedo. Durante años —explica— ser mujer en Juárez significaba vivir bajo advertencias constantes: no salir sola, no vestir de cierta manera, no transitar por determinados lugares.
Ese clima de temor fue precisamente lo que motivó la creación del proyecto. Frente a una realidad que parecía normalizar la violencia, decidieron organizarse para generar redes de apoyo, conocimiento y acompañamiento entre mujeres. En esta entrevista, Rocío Sáenz reflexiona sobre la importancia de construir estos espacios en una ciudad que aún enfrenta profundas desigualdades y desafíos en materia de seguridad y derechos para las mujeres.
¿Cómo surgió la asociación Renace y cuál es la visión que impulsa su trabajo con las mujeres en Ciudad Juárez?
“Crecimos con esa realidad, pero también con la conciencia de que Juárez es una ciudad de oportunidades para todos. A pesar de todo, las mujeres salimos adelante incluso cuando tenemos casi todo en contra; salimos y seguimos siendo mujeres vivas, mujeres que renacen. Por eso creamos Renace: para decir que no somos las mujeres muertas. Y que, aun cuando de alguna forma hayamos muerto como sociedad o como mujeres, siempre existe la posibilidad de renacer.
De ahí surge Renace. Es reconocer que quizá tuvimos una historia en la que fuimos consideradas las muertas, pero también afirmar que nuestro objetivo y nuestra misión es mostrar toda esa vitalidad, todo ese talento y todas las capacidades de las mujeres. Y lo hemos hecho a través de diferentes estrategias.
Entonces, ¿cuál es la importancia? Que en un escenario donde las mujeres históricamente hemos sido víctimas, y donde muchas veces también hemos quedado atrapadas en el victimismo, es necesario mirar hacia adelante. Renace es una institución que no se queda en el pasado. Evidentemente busca justicia, pero una justicia restaurativa: una justicia que no nos deje con la idea de “pobrecita de mí”, sino que reconozca que existen injusticias, pero que también nos impulse a crear condiciones para crecer nosotras mismas y para que otras mujeres también crezcan.

Porque también nos vendieron la idea de que todo es negativo y que todo es malo para las mujeres. Sí, existen historias graves y muy fuertes que han dejado heridas profundas en las familias, en los hijos y en las hijas de Juárez, en las familias de personas desaparecidas. Ese sentimiento está presente. Pero, aun con todo eso, como sociedad tenemos que mirar hacia adelante.
Y eso es lo que hace Renace. Es importante porque muchas agrupaciones feministas o de defensa de derechos se han concentrado en subsanar ese dolor y en exigir justicia, y han sido fundamentales porque han acompañado procesos de contención. Pero nosotros no nos creamos con la intención de quedarnos ahí, en decir: ya vivimos esa violencia y estas condiciones siguen.
Por eso creo que es importante que existan más condiciones, más asociaciones y más programas que eviten que las mujeres permanezcan únicamente en ese rol de victimismo”.
Para entender tu trabajo y tu compromiso con la ciudad, ¿podrías contarnos un poco sobre tus orígenes y cómo fue crecer en Ciudad Juárez?
“Yo nací en Juárez. Soy juarito, diría la gobernadora. Orgullosamente juarito, o juareña, o como quieran decirlo: orgullosamente juarense.
Mi papá es de Parral y, como muchas familias chihuahuenses del interior del estado, la nuestra tenía una vida un poco nómada. Andábamos de un lugar a otro. Curiosamente, Juárez funciona como una especie de esponja, como un centro que atrae a mucha gente. Por aquí llegamos muchos que quizá no pensábamos quedarnos. Así llegó mi familia: aquí se estabilizó y aquí encontró oportunidades.
Pero las oportunidades no caen del cielo. En ningún lado sucede eso. La gente de Juárez busca las oportunidades y las construye. Somos gente del desierto que, frente a la adversidad —empezando por el propio clima—, aprende a salir adelante. Así me considero yo y así fue como crecí.
Mi primera infancia la viví en Parral y después nos mudamos a Juárez. Aquí me tocó vivir lo que viven muchas familias. De esa etapa me siento muy orgullosa. Estudié en escuelas con muchas carencias: conocí el sistema educativo desde sus precariedades más básicas. Nos tocó poner pisos, estudiar en una escuelita de cartón, vivir esas realidades que forman parte de la historia de muchas colonias.

Crecí en esas escuelas públicas y, desde muy niña, tuve la idea de que el entorno se puede transformar, por más difícil o caótico que parezca. Siempre pensaba que las cosas podían cambiar y hacerse mejor.
Incluso en esas condiciones precarias, yo lo veía de otra manera. Recuerdo que cuando decían que íbamos a poner piso en la escuela, yo pensaba: qué chido. No me quedaba en la idea de que era una escuela de cartón, sino en que, a pesar de eso, ya estábamos mejorando algo.
Siempre fui muy inquieta desde la primaria y la secundaria. Trabajo desde los 15 años dentro del sistema educativo. Empecé en la Secretaría de Educación Pública. Cuando terminé la secundaria, el director me dijo que nunca habían tenido una alumna como yo, porque durante los tres años obtuve puro diez.
Me ofrecieron apoyarme con una beca para estudiar en una de las escuelas de computación que en ese tiempo empezaban a surgir con mucha fuerza. Pero yo les respondí que prefería que me consiguieran trabajo. Así fue como obtuve una plaza de intendencia en la misma secundaria de la que egresé. Ahí fue donde comenzó mi vida laboral.
Ya tenía una plaza oficial, pero me asignaron como secretaria. Gracias a eso conozco el sistema educativo desde hace 28 años. Dentro de ese ámbito fui aprendiendo y escalando poco a poco: de secretaria pasé a ser maestra; después llegué a ser directora de un CAS con Conalep, coordinadora de programas y coordinadora de Escuelas de Tiempo Completo. He tenido varias oportunidades dentro de la función pública y todas esas experiencias me gustaban mucho. Sin embargo, lo que más me llamaba la atención era trabajar en la defensa de los derechos de las mujeres.
En algún momento de mi vida ocurrió un episodio que lo cambió todo. Yo fui agredida: me golpearon brutalmente. En ese momento, cuando viví esa violencia, pensé que tenía que hacer algo.
Así surgió Renace. Ese episodio marcó mi vida. A partir de ahí he ido creciendo tanto en lo profesional como en lo personal, siempre en mi ciudad, aquí en Juárez. Aquí he vivido siempre, aquí formé a mi familia, aquí nació mi hijo y aquí está también mi equipo de trabajo. Yo creo que esta ciudad nos llama a todos a hacer algo por ella.
Marcada por la violencia… en la política
Siempre tuve inquietud por participar en la política. Cuando llegué a Juárez y estudiaba en aquellas escuelas públicas con tantas carencias, mi mundo era todavía muy pequeño. Pero al entrar al mercado laboral comencé a observar la vida política, la llamada “grilla”, y ese ambiente empezó a llamar mi atención.
Desde muy joven, una persona del ámbito político me invitó a participar en un grupo juvenil. Era un grupo que ya tenía trayectoria, aunque estaba cerca de desaparecer. Yo le agradezco mucho esa oportunidad. Fue dentro de los juveniles del PRI donde comencé a participar. Acepté la invitación y empecé a involucrarme más. En ese tiempo esa persona también era mi pareja, y a partir de ahí comencé a desarrollarme políticamente.

Empecé a escalar posiciones dentro de los juveniles del PRI y justo cuando estaba avanzando en ese camino quedé embarazada.
Cuando eso ocurrió, esta persona me dijo que ya no podía seguir en la política, que debía quedarme en casa, que él era “el macho”. En ese momento le hice caso.
Con el tiempo él siguió creciendo políticamente, mientras que yo me quedé como madre joven, sin recursos, sin contactos y sin una familia política que me respaldara. Yo venía de cero.
Decidí retirarme. Pero un día a esta persona lo despidieron de su trabajo. Había sido recaudador de rentas, el más joven en ocupar ese cargo. No me gusta mencionar su nombre porque no quiero hacerle promoción.
Alguien le hizo creer que yo había estado hablando mal de él, diciendo que no daba pensión y que era una mala persona. Convencido de eso, fue a mi casa y me golpeó.
La golpiza fue brutal; casi me mata. Nuestro hijo tenía apenas cuatro años. Yo estaba sola en mi casa, sin una red de apoyo, sin nadie que me respaldara. Mientras tanto, él tenía una estructura política sólida: todos lo conocían, todos lo apoyaban y lo consideraban una promesa política dentro del PRI. Yo no tenía nada.
Estaba golpeada y sentía que nadie me iba a creer. Recuerdo que en ese momento tenía el cuello fracturado y todo el cuerpo lleno de moretones. Ahí pensé: ahora sí me la va a pagar, ahora sí vienen las mías.
Alguna vez él me había dicho: “Cuando yo sea diputado, tú vas a ser mi secretaria particular”. Y yo pensé: en tu mundo. En la vida yo voy a ser diputada antes que tú.
Fue entonces cuando tomé una decisión: tenía que hacer algo por las mujeres que viven este tipo de violencia. También decidí que no iba a permitir que hombres que golpean a mujeres ocuparan cargos públicos. Me parecía profundamente injusto que alguien pudiera agredir a una mujer, no cumplir con sus responsabilidades, y aun así seguir recibiendo votos y apoyo político.
A partir de ahí Renace comenzó a crecer, primero como un grupo político y después como asociación. El proyecto se fortaleció, me fue bien y finalmente llegué a ser diputada.
Cuando fui diputada en Chihuahua impulsé por primera vez el padrón de deudores alimentarios y promoví la modificación de la ley para que en el estado una persona con antecedentes de violencia o que debiera pensión alimenticia no pudiera ser candidata a un cargo público.
Recuerdo que en ese momento Javier Corral me dijo: “Rocío, estás legislando con el corazón”. Y yo le respondí que no: que estaba legislando porque me parecía profundamente injusto, y que si tenía la oportunidad de cambiar algo, lo iba a hacer.
De ahí también surge el trabajo de Renace: de la necesidad de defender esas causas. A partir de esa experiencia se han abierto muchas otras iniciativas.
De una situación tan caótica e injusta surgieron cosas positivas, no solo para mí, sino también para muchas otras mujeres. Aunque, por cierto, el padrón de deudores alimentarios todavía no funciona como debería. Pero esa ya es otra historia”.
¿Qué les dirías a las mujeres que hoy enfrentan algún tipo de violencia en sus hogares o en su entorno?
Desafortunadamente siguen ocurriendo cosas espantosas. La violencia existe en la calle, pero también dentro de los hogares. Tú mencionabas las 250 llamadas, pero esas cifras ni siquiera reflejan la verdadera dimensión del problema. En realidad es mucho mayor, porque sabemos que hay muchísimos casos que nunca se denuncian y en los que la autoridad ni siquiera llega.
La violencia doméstica está muy arraigada porque existe una confrontación irracional entre los roles que han cambiado y la dificultad que muchas veces tenemos para adaptarnos a esos cambios.
¿Qué les diría yo a las mujeres? Que primero debemos hacer un trabajo personal de reconocimiento de nuestros derechos. Si yo no reconozco que tengo derechos, que soy valiosa, que tengo dignidad y amor propio, entonces pueden existir todas las leyes del mundo, todas las policías y todas las instituciones posibles, pero nada de eso cambiará realmente las cosas. Nadie viene a rescatarnos ni a salvarnos.
Somos nosotras mismas quienes debemos tomar conciencia de no permitir ningún tipo de violencia, por mínima que sea. También debemos asumir la responsabilidad de romper esos ciclos.

Por ejemplo, un hijo que crece viendo violencia en su casa, viendo que su padre golpea a su madre, puede reproducir ese mismo comportamiento. Tal vez después se convierte en policía y atiende a una mujer violentada sin darle la atención adecuada, porque para él esa violencia se volvió algo normal. Así el ciclo continúa.
Romper esos ciclos es muy complicado, pero nadie puede hacerlo si no comienza desde el interior. El trabajo y la transformación más importantes que debemos realizar son los que hacemos con nosotras mismas.
Lo digo también por experiencia propia. Incluso después de lo que viví, y aun considerándome feminista, he tenido que hacer constantemente un trabajo personal de transformación.
Es una responsabilidad que tenemos. Y sí, los ciclos se pueden romper. Cada mujer vive circunstancias distintas: algunas tienen más herramientas, otras menos. Pero en todos los casos es posible aspirar a una vida libre de violencia.
Hay que buscar herramientas, encontrar de dónde sostenerse y de dónde apoyarse para dejar de creer que merecemos una vida miserable. Lo más importante es dejar de pensar que merecemos que nos traten mal.
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Rocío Sáenz considera que cuando las personas trabajan de esa manera, las sociedades comienzan a transformarse. No se trata de haber descubierto algo extraordinario, sino de comprender cómo funcionan realmente las comunidades. A su juicio, con el tiempo la propia sociedad ha dejado de confiar en las instituciones, en las asociaciones civiles e incluso en los colectivos de mujeres.
También señala que ha escuchado a muchas mujeres expresar desconfianza hacia otras organizaciones femeninas, llegando incluso a calificarlas de las peores. Sin embargo, afirma que esa percepción no necesariamente corresponde a la realidad. Por el contrario, invita a dejar atrás la idea de que cuando las mujeres se reúnen lo hacen únicamente para confrontarse o generar conflictos.
Sostiene que, en realidad, cuando las mujeres se organizan y trabajan juntas, lo que buscan es apoyarse mutuamente y contribuir a transformar, en la medida de sus posibilidades, la sociedad en la que viven.

