Route 66: La carretera fantasma cumple 100 años
Recorrido introductorio a un poema
“Only he who keeps his eye fixed on the far horizon will find his right road.”
Dag Hammarskjöld
La Ruta 66 es el mito; una suerte de fata morgana de la cultura popular estadounidense. Y por ello, es también el itinerario de un ritual que se actualiza en múltiples representaciones. Es la entrada protocolaria. La vía de acceso (tanto como el arco de San Luis) al Oeste clásico, en otro tiempo, “salvaje”. Sin embargo, la Ruta 66 deja de existir oficialmente el 27 de junio de 1985 y, precisamente por este motivo (por su certificado de defunción), es que se convierte en una carretera fantasma, como los numerosos pueblos por donde pasa (o pasaba).
Su existencia, se debió en gran parte a la gestión del empresario Cyrus Stevens Avery, promotor de las comunicaciones intercontinentales por carretera, quien además le asigna su dígito legal. Formalmente se inaugura el 11 de noviembre de 1926, aunque no se terminará de pavimentar en su totalidad hasta 1938.
Llama la atención que fuese otro constructor, el que a la postre propiciaría su eclipse. Durante los años cincuenta, el presidente Dwight D. Eisenhower lanza un mega proyecto que se propone modernizar la red de carreteras. Da inicio así, el sistema moderno de interestatales que conectaría al país en su totalidad. Con el avance de los años y las obras, la Ruta 66 sufrirá una fragmentación definitiva y, actualmente, su recorrido original se ha transformado en I-55, I-44, I-40, I-15, I-10.
The Mother Road
Entre los años treinta y cuarenta del siglo pasado, se registra un largo peregrinar en los EE.UU. Este desplazamiento constante, se debe fundamentalmente a las arduas circunstancias de la Gran Depresión, aunadas a los no menos apremiantes acontecimientos de la Segunda Guerra Mundial. Durante esos años, se calcula que por este trayecto, unas 210,000 personas emigran principalmente desde el “medio-oeste” hacia California. Como casi todo flujo migratorio, éste tiene un tufo a fuga, a abandono, a deserción, a derrota. Y a las motivaciones de orden histórico, se suman las causas en el ámbito natural, como la huida del dust bowl en Oklahoma y Arkansas.
Y he aquí el que nombra, el que reparte nombres: San Juan Bautista Steinbeck. El fantasma de la carretera, quien denominara a la Ruta 66 con el sobrenombre The Mother Road. Su voz resuena por todas partes de la Ruta. La Ruta es Él. El recorrido es Él (el que entiende los significados de la Ruta). El que descubre es el que inventa. Y el que inventa es el Padre y la Madre y todo lo demás. Mientras otros se quedaron en Europa a imaginar “generaciones perdidas”, Steinbeck permanece en los EE.UU. y es testigo de uno de los períodos más devastadores, en la historia de un pueblo, muy poco acostumbrado a sufrir. Testimonio esencial de la época: The Grapes of Wrath (1939); versión cinematográfica de 1940, a cargo de John Ford.
Ubiquémonos un poco después de las tormentas
Jack D. Rittenhouse nos ofrece un derrotero minucioso, el primero en su género, según nos informa él mismo, de la Ruta 66. Es una guía que nos conduce, aconseja y advierte a lo largo de 3,940 km (metro más, metro menos); de Chicago a Los ángeles (Santa Mónica), a través de siete estados: Illinois, Missouri, Oklahoma, Texas, Nuevo México, Arizona y California (en dirección opuesta resulta poco frecuente). En realidad, para los estándares actuales, se trata de un modesto y pequeño manual. Aparece por primera vez en 1946, con la intención de fundar una representación justa de esa carretera tradicional. Su compendio es producto de diversos viajes, cuyo recorrido final, llevado a cabo para corroborar datos y afinar detalles, Rittenhouse lo realiza en un American Bantam Coupé 1939. Asimismo, en 1946 aparecería la célebre canción de Robert Troup Jr. “Get Your Kicks on Route 66”, la cual ha sido interpretada por más de 150 músicos, y surge a raíz de un comentario de la esposa de Troup. Durante un viaje a Los Ángeles, Bobby Troup escucha a Cynthia, su primera esposa, susurrarle al oído: Get your kicks on Route 66. Troup elabora un tema musical con ese nombre, y unos años más tarde Nat King Cole lo convertirá en un éxito. De ahí en adelante, la frase encontraría un rumbo propio en la historia de los modismos norteamericanos, y si se quiere, un tanto ajeno a Cynthia, a Bobby y a Nat. Cualquier intento de traducirla resultaría por demás infructuoso, ya que está íntimamente ligada a una serie de manifestaciones privativas de la cultura estadounidense. (Dicho sea de paso: observamos un caso similar con on the road, cuya cruda traducción al español, “en el camino”, dista mucho del sentido al que alude la expresión en EE.UU. De manera muy atenta y diferida, solicito a Jack Kerouac su comprensión respecto a este asunto.)
Curiosa condición de este ente legendario. La Ruta 66 vive, pero a la vez está muerta. Es un residuo a punto de convertirse en reliquia: la nostalgia y el imaginario norteamericanos se resisten a enterrarla definitivamente. De hecho, no sólo algunos estadounidenses le dan constantemente respiración de boca a boca, ya que también (hasta donde sé) asiáticos y europeos contribuyen con su aliento a mantener viva esa capicúa elemental. Uno de los enigmas que presenta esta carretera se cifra precisamente en su “atractivo”. ¿Qué le ve toda esa gente que religiosamente viene a merodear en esos parajes despoblados y raros? Acaso trata de encontrar el “alma norteamericana”, soterrada en páramos olvidados, en tiendas desiertas donde uno se pregunta cómo sobreviven. ¿O se busca la aventura? Tal vez el oculto deseo naíf de que por ahí, en plena huida de las flechas chiricahuas, se aparezca algún vaquero cabalgando a través del tiempo. Saldos de una épica turbia. Long live Goyahkla! (Gerónimo).
A fin de cuentas, hasta la broza se transforma en mercancía
Su fachada más insustancial se ha convertido en lugar común destinado a producir artículos para turistas. Souvenirs que proceden de la ruina y están destinados, tarde o temprano, a la basura. Además, La 66 se ha convertido en marca: pantalones, camisetas, otras prendas de vestir y una cadena de estaciones de gasolina llevan su impronta. Hay revistas dedicadas a su precario acontecer y múltiples libros que dan cuenta de su historia. En vasos, tazas, encendedores y ceniceros se estampa su logo en blanco y negro. Apuntalados por el neón, restaurantes y diners ofrecen su comida “típica” (no es necesario especificar). Hay casinos que la conmemoran, y asociaciones dedicadas a preservar sus acervos (uno se preguntaría de qué índole). Se le considera monumento histórico. Se recrea en múltiples películas, y en una serie televisiva homónima (1960-64) que celebra la trashumancia. Hoy en día, raramente es tema de conversación, pero sería igualmente raro encontrar a un gabacho de cierta edad que desconozca su existencia, o no sepa algo del tema. Persiste, continúa prosperando en la ficción, en el repertorio decadente que recicla la nostalgia.
Mi viejo romance con La 66
El trecho más prolongado de la antigua 66 se extiende por la I-40: Oklahoma City–Barstow (California). En incontables ocasiones, yendo de Albuquerque a Arizona, he transitado por los tramos que aún existen. De hecho, se trata de un acceso en el cual la I-40 se superpone o la desplaza. Resulta curioso que cuando deja de cumplir su función primordial, se convierte entonces en una suerte de “retablo de las maravillas”; donde flechas enormes clavadas en el pavimento se transforman en estaciones de gasolina. Neones fantasmales anuncian moteles y hoteles atendidos por empleados espectrales, como en Gallup (Nuevo México). Lugares donde se estrellaron meteoritos. Bosques petrificados y desiertos teñidos por voluntades inéditas. O ese sitio, circundado por un arroyo, de nombre Canyon Diablo, cuyo giro a fines del siglo XIX era el tráfico de pumas y otras especies de animales exóticos: con el paso de las décadas, se transfigura en una parada de RVs que exhibe los misterios del abandono en los muros de piedra de Two Guns. Me cuesta mucho trabajo visualizar a Vázquez de Coronado, deambulando (hace siglos) por esos yermos en busca de quimeras. Más que la mítica Cíbola, lo único que yo pude hallar fue un automóvil oxidado de los años treinta, abandonado (como a propósito) a la orilla de un atajo que conecta con la I-40.
Huellas y rastros, flujo y desplazamiento es lo que caracteriza a la “madre fantasma”, a la “carretera en vías de extinción”. Habría también que inventar un término que defina el ambiente que se vive en sus millas, o caracterice su cultura underground. Aquí tengo que destacar a manera de homenaje, a Michael Karl Witzel, ya que se trata de uno de sus “arqueólogos”. Witzel se cuenta entre los que con mayor tenacidad recorre incansablemente la Ruta; siguiendo, hasta sus “últimas consecuencias”, los vestigios de su pavimento y las ruinas de lo que en otro tiempo fueron sus rudimentarias atracciones. Sin duda, se trata de una manera diferente de contar la historia de los Estados Unidos; ésa que surge despojada del brillo que acompaña a los materiales (baratos o no), con los que se edifican los mundos artificiales creados en la proliferación de las “franquicias”. Y para finalizar este ultrarrápido bosquejo, no hay que olvidar el trabajo fotográfico de Cody Bratt en su libro Love We Leave Behind (2018), que capta ese aspecto fantasmal/marginal al que me he venido refiriendo.

Echo a andar la ranfla
Me dispongo a iniciar el viaje. Automáticamente me viene a la mente la imagen de la Reina del pinup, Bettie Page, de belleza proverbial. Por una razón que desconozco, considero que es la musa indiscutible de la carretera, y muy en especial de la Ruta 66. Quizá también sea la voz de Steinbeck, lo que me recuerda que no voy tan solo en este periplo, y que de alguna manera, toda travesía es una ceremonia, una fiesta: el trayecto que recorre la imaginación.
Brumas, neón y otros vacíos 02*
“…to you shadows are as things, though you speak of
them as of phantoms (…) to you these lifeless
shadows are as living friends, who, though out of
sight, are not out of mind…”
“The Piazza”, Melville
POR LOS MOTELES DE LA 66
me sale al encuentro un fantasma que llora
al oído me dice que no ha muerto
–aunque los diarios publiquen otra cosa–
me confía que hay desiertos en las nubes
y paisajes secretos por donde escapa la luz
un sol inventado por arenas incansables;
pero es casi medianoche
y mi voz se halla a punto de proferir una palabra helada
POR LOS MOTELES DE LA 66
hay brumas, neón y cuartos vacíos
escenas que reptan de café en café
manchas que son viajantes nocturnos
y habita una sombra que se piensa extraviada
su lenguaje vaga confuso, perdido
me rehúye, no sabe qué contarme
mi imaginación inventa esas sombras
tú estás en ellas, te confundes con ellas
hablas con ellas, tienes miedo con ellas
llevas a cuestas su peso de sombra
POR LOS MOTELES DE LA 66
–algunas noches las pinta Edward Hopper
otras, Jack Vettriano–
en mi predecible deambular
hay momentos en los que me gana el llanto
y hay llantos en los que me gana el mundo:
“¡Cómo eres puta bella Bettie!
–grita el fantasma entusiasmado–
“página arrancada a la ruina de estas calles
“ayúdame a reinventar el horizonte
“a recomponer su inclinación con esta voz”
POR LOS MOTELES DE LA 66
se abre un abismo que en otro tiempo fue pecado
se escucha un ruido multicolor de moscas
que zumban desde cadenciosos neones;
el tedio hojea las páginas de un libro
que muestra la gimnasia del amor
–sus largas noches fugitivas–
describe la nalga cómplice
que acerca su ardor a mi mejilla
y más adelante –en la página 324–
donde se define el caos
el infinito, la utopía, la coprofagia
y otros juegos ostentosos
anticipada, irrumpe la caída
POR LOS MOTELES DE LA 66
es raro que este fantasma tetraploide
nada sepa de osamentas
que en otra vida se haya hundido en bacanales;
pero casi nada queda de ese –su– ser
que tiene sed, que nació sediento
que se nutre de las hormigas que lo asedian
que no ha bajado a los infiernos
porque no hay infiernos
que drogado busca sorber vida pululando
entre palabras que se desintegran
y no se esconde en la noche para morir de nuevo
solo canta
una extraña salmodia al revés:
Pienso en un río
lo evoco –lo necesito– prístino
con el olor habitual hecho de viento, troncos y piedras
con el sonido habitual que –se dice– tienen los ríos
con el puente habitual que cruza los ríos
Pienso en un río
como se pinta un locus amoenus
donde una señora apaciblemente lee un libro
y hay risas
que suben hasta donde se fabrican los sueños
Pienso en un río
en sus márgenes es la hora de la infancia:
un padre le enseña a su hijo
cómo volar un papalote
pero no es este río
es otro mi río
uno que se ha quedado mudo y seco
plano
arrastrando un puro nombre
mi recuerdo lo cruza:
bajo mis pisadas hay huellas sin memoria
y una ciudad con la conciencia a obscuras
Pienso en un río
su ser agoniza en un desfiladero de concreto
en sus riberas no hay piedras, ni humus, ni tierra
como habitualmente –se dice– hay en los ríos
en mi río se amontona la mugre, la mierda, el grafiti
hay alambradas y amenazas
por todas partes le asedian el asfalto y la ruina
Como sucede con los viejos
los deseos y empeños se le han ido desgastando a mi río
Pienso en un río
pero al cruzarlo, mis sueños
incitan improperios y balas
Pienso en un río
y yo
me convierto en ese viento que atraviesa los ríos
y no puedo evitarlo
ya que el amor
también cruza conmigo
POR LOS MOTELES DE LA 66
proliferan costras en el cemento
una rueda ha perdido su equilibrio
el tiempo pasa y hace ruido
un tren llegó –puntual– a andén desierto
y aunque realiza apariciones simultáneas
este fantasma –que me provoca asco– nunca estuvo ahí;
pero no es su aliento nauseabundo de fantasma
tampoco el aspecto andrajoso de su carne
ni los despojos viscerales que viene arrastrando
la náusea me viene de verlo
vestido de Armani, Hermès, Dior y Ferragamo
POR LOS MOTELES DE LA 66
más que chintzy, uncouth –epíteto seguro, eficaz–
es la palabra que se vende a precio caro
oro falso de alcurnia inexistente
oropel de otras épocas
baratijas que rescata la imaginación y las ofrece
al monto que gritan sus estentóreas cañerías
sin pátina: escarapeladuras sin historia
sólo cochambre y excrecencias trepadoras
POR LOS MOTELES DE LA 66
un fotógrafo caníbal
–cuyo único enemigo es la sombra
y el neón es una especie a punto de extinguirse–
busca la piel que sabe a maniquí
y despierta sobre las azoteas
pero en la calle hay figuras que se han detenido
sólo unos momentos, de manera tan perfecta
que cualquiera diría: “son maniquíes”
POR LOS MOTELES DE LA 66
se extravía el dolor de la noche
el miedo abre sus fauces
deja escapar murmullos degollados: el odio habla inglés
y la mentira ejercita el arameo
queda un oscuro tumulto: –sí– cabellera de las sombras
un dialogar arruinado de cristales que se rompen
sobre la copa de agua podrida
donde las hadas mojan sus recatos
y la basura sale a bailar Disco en los rincones
filotaxis de escombros que se extienden como hojas
desde un Río Puerco hediondo a guerra
POR LOS MOTELES DE LA 66
me persiguen automóviles sin alma;
existe un poder ilusorio
invocado por el rodar de neumáticos
escondido en reflejos que se arrastran
que inventa noches de película;
y hay sombras que habitan en el olor de la noche
en el aroma a cuello de mujer que se desprende de la noche
POR LOS MOTELES DE LA 66
supuran llagas en el pavimento
un poeta ebrio tropieza con la lluvia
y aguarda un sueño que se atreva a explorar su cuerpo;
pero no se avecinan tempestades, sólo garúa
y ya que hay recuerdos postergando
indefinidamente el regreso del alba
no deseo marcharme
no puedo dejar solo a este fantasma
quien ha sido testigo
de todos mis silencios
*Poema incluido en La huella del gnomon (2022)
P.D. A los interesados en el tema, les sugiero estas lecturas: Route 66: The First 100 Years (2025) – Jim Ross & Shellee Graham; Route 66 (1996/2002) – Michael Karl Witzel; Route 66. Then and Now (2018) – Joe Sonderman

