Esta semana, la Suprema Corte de Justicia de la Nación cerró un capítulo que parecía interminable en la saga legal de Grupo Salinas. Con la decisión de desechar los últimos recursos interpuestos por el conglomerado, la SCJN puso fin a una batalla de más de cinco años, en la que Ricardo Salinas Pliego y sus empresas promovieron más de 90 recursos para intentar evitar el pago de un adeudo fiscal cercano a los 50 mil millones de pesos. Más allá del cálculo económico, este fallo tiene un efecto simbólico y político, porque se trata de un recordatorio de que incluso los empresarios más poderosos enfrentan límites legales.
Salinas no ha tomado este revés con resignación. Sus críticas se han intensificado, cargadas de adjetivos y un tono agresivo que busca desacreditar a la 4T, a Morena y, de paso, a la jefa de gobierno Claudia Sheinbaum, como si eso pudiera cambiar la realidad. Pero detrás de su retórica hay problemas financieros y legales en Estados Unidos que crecen día a día, aunque a él le guste fingir que no existen.
Su televisora TV Azteca, el orgulloso buque insignia, está camino de solicitar un concurso mercantil por su incapacidad de cumplir con las deudas, mientras sus acreedores internacionales, liderados por The Bank of New York Mellon, exigen que los procesos judiciales sigan sin pausas. El riesgo es evidente, cualquier intento de evadir obligaciones podría poner en jaque sus activos y complicar el cobro de bonos por 400 millones de dólares, pendientes desde hace más de cinco años.
En este contexto, la postura de Salinas se entiende como un espectáculo de defensa y resistencia pública. Golpea desde sus redes con un cinismo casi artístico y una desfachatez que no deja de sorprender, construyendo un relato en el que la 4T es culpable de todo. Pero detrás de sus ataques hay algo más profundo, una evidente resistencia a la legalidad y a la rendición de cuentas que parece confundir con valentía.
La Corte, al desechar sus últimos recursos, no solo aplicó la ley, sino que dejó claro que ni todo el glamour ni los dólares de Salinas Pliego pueden torcer los límites del poder económico frente a la institucionalidad.
El caso de don Ricardo y su realidad alterna dejan ver una paradoja de la política mexicana contemporánea. Mientras Salinas proyecta fuerza y dominio mediático, sus problemas reales se acumulan, como la presión fiscal histórica, los litigios internacionales y los problemas de liquidez. Su narrativa pública de víctima política contrasta con la evidencia de una trayectoria empresarial marcada por intentos sistemáticos de evadir obligaciones. La tensión entre su discurso y la realidad revela mucho sobre el poder, la impunidad y los límites de la élite económica en México.
En última instancia, la resolución de la Corte cierra un litigio, pero abre un espacio de reflexión sobre cómo se ejerce el poder en México. Salinas es un empresario que se ha acostumbrado a operar en la frontera entre lo legal y lo ilegal, y que ahora descubre que esa frontera tiene límites. La batalla puede haber terminado en el plano judicial mexicano, pero las consecuencias económicas, financieras y políticas apenas comienzan a desplegarse. Y mientras él golpea en redes y reclama injusticias, el país observa cómo incluso los más tramposos pueden ser llevados a la legalidad.

