Me gustan mucho las habitaciones,
en especial esta.
Siente el felpudo gris entre tus dedos,
la doble o triple altura del cielorraso.
Si tan solo nos acostáramos ahora
en la piel de oso, de tigre blanco,
podríamos ver la televisión
o el espejo enmarcado por donde la luna cae
convertida en una moneda
de diez pesos
en el valle sumergido. Podríamos abrir el balcón
a Isabel la Católica, rebotar la sonrisa de la chica
antes de que se convierta en un reflejo
o apoyarnos en el barandal de acero a sentir la lluvia
sobre Donceles y seguir la procesión que marcha hacia otra dimensión
a donde va mi mano rozando los botones del televisor,
buscando el encendido por lo áspero,
la rugosidad, la tersura de una panza de embarazo
que surge flotante en una isla de la tina,
o descorrer la cortina del siglo XIX
y que me digas: mira, es una foto de Gabriel Orozco,
la de la isla en una bañera,
pero sabemos que nunca podrás comprar el Aliento sobre el piano,
las latas de la comida para gato detrás de las sandías.
Me gustan las habitaciones por los candelabros
que trazan puentes de luz a otros pasos
o puertas que se abren a otros sueños
como el del hotel que era todos los hoteles en los que me había quedado.
Si tan solo estuvieras aquí podrías decirme
quién plantó un reloj libanés entre La calle de las Niñas
y República de Uruguay, si es que era esa la calzada
por la que seguimos andando y señalando las placas de cerámica
que encumbraban catapultas de deícticos
detrás de la historia
o de una leyenda más alta.
Sí, el sueño del hotel
y los surcos donde hice las paces con el estudio
y sobre el cual te cagaste de risa.
O el cuarto de aquel hostal
donde solíamos derretirnos de placer
y ahora siento esta piel curvarse por la llegada de una nueva vida.
Te cuento que tuve que dejar a mi hermano
en la gravilla de una curva en una carretera,
ante los volcanes nevados, ante un pórtico columnado,
ante el retrato de una mujer de ojos azules
acurrucando y cantando a un niño de brazos,
mientras el conde de Valparaíso subía silenciosamente la estructura en ADN de la escalera
y a la servidumbre la despedimos y por eso bajaron por la otra escalera.
Y la luz y la oscuridad pintaron las bóvedas,
no sé de qué color.
Después del Palacio Negro de Lecumberri
a los presos les daban el oficio de forjar las mejores armaduras
y la piel para hacer los archivos.
Y salí con la vista fija en el mar,
una ola que giraba en sí misma sin terminar nunca de romper,
como esas bolas de billar en el terciopelo de las mesas.
Eso fue todo,
pero no puedo encender la tele, ver el canal porno
ni proponerte que vengas esta noche y derretirnos de placer
porque estás muy atareada.
Pero sí puedo escribirte una carta,
llevarla a Correos de México en Tacuba,
enviártela
y contarte:
Hoy fui al Palacio Negro
y no vi a la niña Angie,
el piso en cuadrícula
tenía caballos corriendo al infinito,
pero no había rombos
ni cuadros,
más bien un juego de serpientes y escaleras
con un trompo girando en el horizonte.
Traté de seguirla, de buscarla por República de Uruguay
que, como bien sabes, fue la primera calzada en tener un alumbrado como las bombillas y las lámparas de queroseno que sujetaban esos frailes trasnochados afuera de los museos,
y la calle tampoco se llamaba San Agustín en 1850
sino Toribio, Tiburcio o algo parecido
y por eso regresé a este hotel.
Me traje la revista Gozne que conseguí en la presentación
en la que me desdoblé en un invitado,
allí estaban todos con sus copas de champán sonando contra los vitrales
pero yo quería mi revista de Gabriel Orozco,
quería tenerla,
porque nunca tendría otro sueño
como el de los surcos, en donde defecaste,
pero antes estuvo allí Andrés Manuel López Obrador
que, como se sabe, él contrató a Orozco
para realizar la obra del Bosque de Chapultepec,
y puedes estar o no de acuerdo con ello
pero es el único que lo ha hecho y además ya lo hizo
y no sé por qué te digo todo esto…
Tal vez porque me hubiera gustado que estuviéramos juntos,
tal vez porque tengo una mano elástica
que se expande larga por encima de las calles,
de los calendarios, de los años,
y toma esa revista que me llevé en un complot contra mí mismo
para tener, para hacer un nombre,
para guardarla en mi librero,
firmada ahora por él.
Y dirás que ya no importa,
que eso fue hace mucho,
que me habías llamado para que te ayudara
pero yo no sabía qué tenía que decir.
Estaban allí tu abogado y tu familia
y tú detrás de esa red milimétrica como las planchas del té,
estabas allí
y no pude ayudarte.
Lo más seguro es que eso no sea una televisión, aunque tenga volumen.
Lo más seguro es que sea un espejo que haya que romper para encontrar el amor,
como la rola de Hendrix que me recomendó Eugenio.
Lo más seguro es que seas el amigo imaginario que a veces formulo,
con quien compito, rivalizo y me aterro,
seas Rubén o Akashi
o definitivamente al fondo de esta piedra esté mi padre,
porque siempre me acompaña al centro
y no sé por qué Alexito se hizo amigo de Pepe Prieto,
acaso fue por sus iniciales:
P.P.
Pero no, porque Pepe es José, entonces sería J.P.,
pero era P.P., porque así le decía.
Es decir,
era Papá…
de lo contrario no entiendo qué hago pensando en esto mientras camino por San Francisco,
tal vez espero que pase Francisco I. Madero galopando desprovisto de todo atributo de brutalidad
y arranque la placa de una calle y, por sus espuelas o sombrero,
la bautice con su nombre.
Entro en la humedad de una exposición en blanco y negro,
es de Graciela Iturbide
en el Palacio de Iturbide.
Ella ganó un premio muy importante, el Reina Sofía.
Lo saben las dos calaveras que andan en bicicleta
o la pátina de peces plateados por los manubrios,
lo sabe la chica que estuve acariciando delictivamente ayer,
al pie del Palacio Negro
y que hoy es solo una moneda de diez pesos
que al tratar de recoger,
hace girar la calle
y caiga en las aguas inmundas de los canales,
porque eso me pasa cuando mi brazo más largo toca las franjas de la locura.
***
Carlos Omar Noriega Jiménez (Ciudad de México, 1977) es egresado de la SOGEM. Es editor y le gusta escribir poesía. Ha publicado en Poetripiados, en el Periódico de Poesía de la UNAM y en la antología Acto de Presencia de la editorial Saturnalia. Actualmente toma un taller de poesía con José Eugenio Sánchez.

