El 21 de febrero de 2026, la salsa perdió a uno de sus arquitectos más rebeldes. William Anthony Colón Román, el “Malo del Bronx», el “Varón de la Salsa”, se nos fue a los 75 años, rodeado de su familia, tras varios días hospitalizado por complicaciones respiratorias. Pero Willie no se va del todo. Se queda en cada rincón donde suene un trombón con ese filo callejero que tanto escandalizó a los puristas y que terminó definiendo el sonido de una época.
Nació en el South Bronx en 1950, hijo de boricuas, nieto de doña Toña, la que le enseñó español en una época donde ser bilingüe en Nueva York era casi un acto de rebeldía. A los once años ya andaba con la trompeta a escondidas, pero fue el trombón el que terminó poseyendo su alma. Lo escuchó en Mon Rivera y Barry Rogers, y supo que ese sonido —áspero, callejero, sin los modales de la música de salón— era el suyo.
Con apenas quince años firmó con Fania Records. Su madre tuvo que estampar la firma porque él era menor de edad. A los diecisiete grabó El Malo (1967), su primer disco. Los músicos veteranos se burlaban de su técnica limitada, de ese sonido “sucio”. Willie, en lugar de ofenderse, se autonómbró “El Malo” y convirtió la crítica en una estética que definiría la salsa para siempre.
Para ese primer disco necesitaban un cantante. Johnny Pacheco, el cerebro musical de la Fania, le recomendó a un joven flaco y jincho que cantaba en otra orquesta. Se llamaba Héctor Juan Pérez Martínez, pero ya le decían Lavoe. Willie fue a buscarlo a un club de la Legión Americana, en la 162 y Prospect Avenue. Héctor le respondió guapetón: “Yo no quiero grabar contigo, man… Ustedes están bien, bien flojos”. Después confesaría que fue despecho, porque no le ofrecieron entrar a la orquesta, solo grabar. Pero al final aceptó, y el mundo cambió.
Willie Colón & Héctor Lavoe se convirtieron en la dupla más importante de la salsa. Entre 1967 y 1973 parieron nueve discos que todavía hoy suenan en todas las fiestas donde se baila con sabor. El Malo, The Hustler, Guisando, Cosa Nuestra, La Gran Fuga, Asalto Navideño —este último con el cuatro de Yomo Toro, dándole ese aire puertorriqueño que conectaba la diáspora con la isla.
Cosa Nuestra (1969) fue la consolidación. Ahí estaba “Che Che Colé”, una fusión de bomba puertorriqueña con ritmos africanos que les abrió las puertas de Panamá, Perú, Venezuela, Colombia y Europa. Ahí estaba también “Te conozco bacalao», “Juana Peña”, el bolero “Ausencia”. Willie ponía los arreglos agresivos de trombones, esa cosa urbana y brava. Héctor ponía la voz, esa mezcla de picardía callejera y sentimiento jíbaro que nadie ha podido igualar.
En Asalto Navideño (1970) lograron lo imposible: un disco navideño que no empalaga, que hasta hoy suena en las fiestas de diciembre y que incluía “La Murga”, un homenaje a los carnavales de Panamá que se convirtió en un himno sin tiempo.
Pero todo tiene su final. En 1974, los caminos se separaron. Los problemas personales de Lavoe, las adicciones, la presión de la fama, hicieron que Willie dejara de liderar la banda. Sin embargo, siguió produciendo los discos solistas de Héctor, incluyendo El Cantante (1978), ese donde la voz de Lavoe se volvió leyenda con la canción que Rubén Blades le escribió.
La portada que asustó al FBI
Para 1971, la dupla ya era un fenómeno. Habían grabado El Malo con diecisiete y veintiún años, y los ortodoxos de la música latina les daban el trato de moda pasajera. Pero Willie y Héctor respondían con discos, con trombones, con esa estética de gángster que Izzy Sanabria plasmaba en las portadas.
La Gran Fuga (1971) es un disco fundamental. Ocho temas, entre ellos “Ghana’ E” —esa segunda parte de “Che Che Colé”—, “Pa Colombia” —el tributo a uno de los países donde la salsa más pegó—, y “Canción para mi suegra” —una versión salsera de «Allá en el Rancho Grande” con acento mexa y toda la enchilada completa.
Pero la portada se robó el show. Izzy Sanabria —el mismo que bautizó al género con el nombre de salsa— diseñó un anuncio del FBI donde se identificaba a Willie Colón como un peligroso criminal armado con un trombón. El póster inundó las calles del Harlem Latino. La gente creyó que el Buró Federal andaba tras el trombonista. Tanto creyeron que el FBI tuvo que acercarse a Jerry Masucci y Johnny Pacheco para pedirles que cambiaran el arte. Una de las primeras camisetas de banda latinas nació de esa confusión.
El encuentro con Blades
Después de Lavoe, Willie encontró al siguiente socio perfecto: un panameño intelectual, abogado de Harvard, que escribía letras como quien redacta ensayos sobre la condición humana. Se llamaba Rubén Blades.
La historia de cómo se encontraron merece su propio capítulo. Dicen que Blades llegó a Nueva York con sus letras bajo el brazo, tocando puertas. Willie, que andaba buscando nuevos horizontes después de la era Lavoe, escuchó lo que traía y supo que ahí había oro. Juntos grabaron Metiendo Mano (1977) y luego, en 1978, el disco más importante en la historia de la salsa: Siembra.
Siembra vendió más de 3 millones de copias, una cifra astronómica para un género que muchos consideraban menor. Pero no era solo cuestión de ventas. Era el contenido. Blades escribía sobre la ciudad, sobre la alienación, sobre los personajes que habitan las calles y que nadie ve. «Plástico» era una crítica a la superficialidad de la clase media. “Pedro Navaja” era un cuento de criminalidad urbana con ese final irónico que te deja pensando. “Buscando Guayaba” era una reflexión sobre la identidad. Willie ponía los arreglos precisos, esa orquestación que sostenía las palabras para que volaran.
En 2024, el proyecto “Los 600 de Latinoamérica” eligió Siembra como el mejor disco en la historia de la música de la región. No es para menos: marcó un antes y un después, elevó la salsa a categoría de arte mayor y demostró que se podía bailar y pensar al mismo tiempo.
La Fania y sus panas
Pero la Fania no era solo Willie, Héctor y Rubén. La Fania era una fábrica de sueños que Johnny Pacheco y Jerry Masucci levantaron en Nueva York en 1964 para darle voz a los nuyoricans, a esos hijos de boricuas que crecían entre dos mundos. El nombre vino de una canción cubana de Reinaldo Bolaño, “Fania Funche”, que sonaba pegajosa y quedó. Con 2.500 dólares cada uno, Pacheco y Masucci invirtieron y empezaron vendiendo discos desde el baúl de un carro por el Spanish Harlem.
Ahí estaban Celia Cruz, la Guarachera de Cuba, con esa voz que partía el alma y esa alegría que no se doblegaba. Ahí estaba Ismael Miranda, el “Niño Bonito de la Salsa”. Ahí estaban Cheo Feliciano, Bobby Valentín, Richie Ray & Bobby Cruz, la Sonora Ponceña, y tantos otros panas que hicieron grande el movimiento.
En 1968, Pacheco armó la Fania All-Stars, un supergrupo con todos los talentos del sello. Tocaron primero en el Red Garter Club, pero fue en el Cheetah Club de Manhattan en 1971 cuando la cosa se volvió legendaria. Pacheco dirigía, Masucci filmaba, y de ahí salió Our Latin Thing, el documental que llevó la salsa al mundo. En 1973, tocaron en el Yankee Stadium frente a 45.000 personas, el primer grupo latino en encabezar un concierto en ese estadio. Hasta viajaron a Zaire para el “Rumble in the Jungle” de Muhammad Ali y George Foreman, compartiendo cartel con James Brown.
Willie colaboró con casi todos. Hizo discos con Celia, con Soledad Bravo, con Mon Rivera, con Sophy. Pero también hizo mucha música solo, y ahí descubrimos a otro Willie, el que también cantaba, el que se atrevía con baladas y con temas incómodos.
El Gran Varón y la madurez
En 1988 grabó “El Gran Varón», una canción que hablaba de un padre que no aceptaba la identidad de su hijo, y lo hizo en una época donde hablar de diversidad sexual en la música tropical era casi un tabú. La canción, compuesta por el panameño Omar Alfanno, contaba la historia real de un amigo suyo que murió de SIDA en un hospital de Los Ángeles, solo, mientras su padre lo rechazaba. “En la sala de un hospital, a las 9:43 nació Simón…” —esa historia, con ese ritmo bailable, logró lo que muchos ensayos no pueden: puso el tema sobre la mesa, en la radio, en las fiestas, en la conversación cotidiana. Fue censurada en algunas estaciones, pero alcanzó disco de oro y platino.
Éxitos como “Idilio», “Gitana», “Sin poderte hablar” y “Talento de televisión” lo mantuvieron en la radio durante años. Pero Willie siempre fue más que un músico de hits.
Desde los dieciséis años anduvo metido en movimientos comunitarios. Fue asesor del alcalde David Dinkins, después del alcalde Bloomberg. Se postuló al Congreso en 1994 y para Defensor Público de Nueva York en 2001. Combatió en sus letras y en su vida la desigualdad que retrataba en sus canciones. En 1991 recibió el prestigioso Chubb Fellowship de la Universidad de Yale, un reconocimiento reservado para líderes excepcionales. En 2004, la Academia Latina de la Grabación le otorgó el Lifetime Achievement Award. En 2018 recibió la Medalla de Honor de Ellis Island. La revista Billboard lo incluyó en 2015 entre los 30 artistas latinos más influyentes de todos los tiempos.
En 2010, la International Trombone Association le dio su Lifetime Achievement Award, con una mención que vale la pena recordar: “Willie Colón probablemente ha hecho más que nadie desde Tommy Dorsey para mantener el trombón ante el público. Estilísticamente son polos opuestos, Dorsey representando un enfoque ultra suave, Colón una aspereza de filo duro”.
Su discografía supera los 30 millones de discos vendidos. Pero las cifras no importan tanto como lo que dejó: un sonido, una actitud, una manera de entender la música como testimonio social.
Rawkus, Fania y el sampleo que conectó generaciones
Años después, cuando el rap de los noventa explotaba, Rawkus Records —esa referencia máxima del hip hop independiente— lanzó Lyricist Lounge con una rola llamada “C.I.A. (Criminals in Action)” donde KRS-One, Last Emperor y Zack de la Rocha le tiraban a la supremacía blanca y a la guerra sucia del crack en los barrios. Y de fondo, sampleados, sonaban los trombones de «La Murga”.
Ese sampleo fue para muchos el primer acercamiento a Fania. La conexión entre la salsa dura de los setenta y el rap combativo de los noventa no era casual: ambos nacían del mismo barrio, de la misma bronca, de la misma necesidad de contar lo que los medios no contaban. Zack de la Rocha, el mismo que años después seguiría colaborando con raperos como Run The Jewels, le ponía voz a una tradición que Willie había empezado décadas antes con un trombón y una actitud de malo.
Puño arriba.
La Contra Fania: el lado B de la salsa
Existía al mismo tiempo una movida subterránea, el “Cuchifrito Circuit”, donde orquestas enteras se la guerreaban en bares y restaurantes de barrios latinos por honorarios irrisorios. Johnny Pacheco mismo reconocía que el éxito de Fania se debía en buena parte a haber pescado talento de ese circuito.
Ahí estaban The Brooklyn Sounds, con ese piano desafinado y trombón estridente, cantando “Suéltame ya” como quien pide que lo dejen en paz pero también como quien desafía. Ahí estaba Tony Pabón y La Protesta, el trompetista que dijo «abajo el establecimiento, arriba la cooperativa», que le cantó a Pedro Albizu Campos y al Puerto Rico libre, y que un día, de tanto soplar, se reventó el páncreas en un escenario. Ahí estaba Fuego 77, la orquesta que duró lo que el apagón del 77, con Frankie Vásquez llegando de Guayama para firmar su primer contrato con apenas 19 años. Ahí estaba Frankie Dante y La Flamboyan, echando discursos incendiarios con steel drums y sintetizadores, negándose a comerse el cuento de la maquinaria salsera. Ahí estaba la Orquesta Amistad, con su “Tecato”, esa rola que hablaba del que se pierde en la droga mientras la madre reza, y que hoy es una joya de colección que Mary Lou Records rescató del olvido.
Su sonido, su rabia, su testimonio, quedaron grabados en acetatos que los melómanos buscan como tesoros. Ese era el otro lado de la salsa, el que no salía en las portadas de Izzy Sanabria pero que también era Nueva York, también era barrio, también era calle.
El final
El 18 de febrero comenzó la cuenta regresiva. Fue hospitalizado de emergencia en Nueva York por problemas respiratorios. Su amigo Rubén Blades pidió oraciones por él. Pero esta vez, el final no se pudo esquivar.
“Es con profunda tristeza que anunciamos el fallecimiento de nuestro amado esposo, padre y renombrado músico, Willie Colón. Partió en paz esta mañana, rodeado de su amada familia”, indicó el comunicado.
Le sobreviven su esposa, Julia, y cuatro hijos. Pero también le sobrevivimos nosotros, los que crecimos escuchando sus trombones en el radio del taxi, en la tienda de la esquina, en las navidades de la abuela, en los bailes de la universidad. Los que aprendimos con “Plástico» a desconfiar de las apariencias, con “Pedro Navaja» a mirar dos veces antes de caminar por la calle oscura, con “El Gran Varón” a entender que el amor no entiende de identidades.
Y le sobrevive la Fania, ese dream team de la salsa que él ayudó a construir. Ahí están Celia, Héctor, Rubén, Ismael, Cheo, Yomo, todos ellos formando esa constelación que nunca se apaga. Ahí están sus panas, los músicos que lo acompañaron: Joe Torres al piano, Milton Cardona en congas, José Mangual Jr. en bongó, Louie Romero en timbales, esos nombres que suenan en los créditos de los discos y que son la base sobre la que se construyó el sonido.
Dicen que «todo tiene su final, nada dura para siempre». Willie Colón lo sabía bien, por eso le puso música a esa verdad. Ahora le toca a él descansar.
El barrio llora, pero la salsa no se detiene. No puede. Porque mientras suene un trombón con ese filo callejero, mientras alguien ponga un disco de la Fania en una tornamesa, mientras en alguna fiesta suene “La Murga” y la gente se pare a bailar, ahí estará él.
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El Malo. El Varón. Willie.
Ficha breve:
Nombre: William Anthony Colón Román
Nacimiento: 28 de abril de 1950, Bronx, NY
Fallecimiento: 21 de febrero de 2026, NY
Instrumento: Trombón, trompeta, voz
Discográfica principal: Fania Records
Socios musicales clave: Héctor Lavoe (1967-1974), Rubén Blades (1977-1983)
Disco más vendido: Siembra (1978), más de 3 millones de copias
Ventas totales: Más de 30 millones de discos
Reconocimientos Lifetime Achievement Award (Latin Grammy, 2004), Chubb Fellowship (Yale, 1991), Ellis Island Medal of Honor (2018), International Trombone Association Lifetime Achievement Award (2010)
Nota del autor: Este texto se escribió con el dolor de quien pierde a un amigo que nunca conoció en persona pero que lo acompañó en cada fiesta, en cada desvelo, en cada momento donde la salsa era lo único que tenía sentido. Willie, gracias por el trombón. Gracias por la calle. Gracias por no haber sido nunca un buen muchacho.

