La oposición mexicana atraviesa una etapa que recuerda más a una serie en su temporada final que a un proyecto político con futuro. Sin ideas nuevas, sin un relato que logre sacarlos del monótono discurso anti-4T que no les ha dado resultados electorales, varios de sus personajes más visibles parecen haber optado por la estrategia de mantenerse vivos en el ecosistema mediático, acumular likes, provocar conversación y estirar su presencia pública aunque el barco haga agua por todos lados.
El caso de Ricardo Salinas Pliego funciona como un episodio emblemático. El empresario reaparece en escena no para ofrecer una propuesta económica o una visión alternativa de país, sino para reinterpretar su pasado como si fuera un personaje que intenta reescribir su arco narrativo. Dice arrepentirse de su amistad con Andrés Manuel López Obrador, subraya que lo ayudó, que hay fotos, videos y documentos, y al mismo tiempo se deslinda con urgencia de cualquier vínculo con Jeffrey Epstein. El mensaje no apunta al futuro, sino a limpiar el encuadre del pasado. Como ciertos villanos de series que, al ver que el público ya no les cree, rompen la cuarta pared para explicar sus decisiones, Salinas busca reposicionarse en la conversación, no necesariamente convencer.
Lilly Téllez juega otro papel dentro de esta misma trama desgastada. Su estrategia es la del personaje que grita cada vez más fuerte cuando el guion deja de prestarle atención. Acusaciones directas, listas de supuestos “intocables”, señalamientos sin matices y una narrativa que repite una fórmula conocida. Esa en la que todo es un complot, todo estaba decidido, todo se sabía. Como en esas series policiacas que alargan la historia más de lo necesario, el conflicto se estanca porque no hay giro real, solo reiteración. El discurso se vuelve predecible y, aunque genere ruido momentáneo, ya no construye sorpresa ni credibilidad.
El tercer acto lo protagoniza Xóchitl Gálvez, pero ya no desde la política tradicional. Ante la ausencia de un proyecto opositor articulado, su presencia pública se desplaza hacia el terreno del lifestyle. La narrativa ahora gira en torno a su transformación física, a los kilos perdidos, a la disciplina personal, a los consejos de bienestar. No hay nada ilegítimo en ello, pero el desplazamiento es revelador: cuando no hay propuesta, el cuerpo se vuelve mensaje. Como esos personajes de reality que sobreviven temporada tras temporada cambiando de rol, la política se diluye en contenido aspiracional.
En conjunto, estas actuaciones dibujan un patrón claro. La oposición parece atrapada en una lógica de supervivencia mediática más que en una estrategia política. Prefieren el clip viral al proyecto, la declaración incendiaria al diagnóstico complejo, la anécdota personal al debate estructural. El resultado es una presencia constante pero hueca, mucho ruido sin dirección, como una banda que sigue tocando mientras el barco se hunde, convencida de que el aplauso momentáneo sustituye al timón.
Mientras tanto, el electorado observa. Y como suele ocurrir con las series que se alargan demasiado, el cansancio se nota. La oposición sigue en pantalla, sí, pero cada vez más como repetición, como eco de sí misma, como personajes que no logran salir del loop narrativo en el que quedaron atrapados. En política, como en la ficción, mantenerse visible no es lo mismo que avanzar la historia.

