Esa tarde duramos, en WhatsApp, un buen rato hablando por teléfono.
Mi vecina estaba aligerando su carga. Me confesaba algunas cosas y experiencias que no le contaba a nadie. Lo supe porque, en esa charla, hubo momentos en que se le quebraba la voz… luego la recuperaba para seguir narrándome, a detalle, sus vicisitudes.
Yo ansiaba que me platicara por qué chingaos Elijah estaba en prisión, pero ella quiso ponerme en contexto y, sobre todo, cómo fue su estancia en el lago Travis… hasta que la pandemia apareció y su hermana la rescató.
Y se notaba que, al hablar de su oficio de bartender, se llenaba de orgullo.
—Oiga, vecina, ¿y su hermana supo que trabajó sirviendo tragos en un bar?
—Tuve que decirle y me puso una regañadota.
—¿Cómo tomó la noticia?
—Si se enojó porque trabajaba de vil mesera en una cafetería de Austin… imagínese cómo se puso cuando yo, muy entusiasmada, le platiqué por celular que ya era toda una bartender… ¡hasta lloró!… y me echó en cara, nuevamente, haber dejado la carrera de “Escritura Creativa” y mi sueño de ser escritora… como usted.
—Ya le dije que para dedicarse a escribir no es necesario estudiar “Escritura Creativa” o tener un título en literatura. Si sirve de algo, yo conozco gente con doctorado que se dicen escritores y nomás no.
—Me dijo mi hermana que eché a la basura mi proyecto de vida.
—Dígale a su hermana que no le exagere… ni que fuera una setentona. Usted está empezando a vivir. Es muy joven y tiene todo para triunfar en lo que quiera.
—¿Usted cree?
—¡A wilson! Abandonar una carrera universitaria no es el fin del mundo… y espero que esta pandemia algún día se erradique y vuelva a hacer planes con su vida.
—Eso sí… en Alemania, Rusia y en el Reino Unido ya se está experimentando con vacunas contra el Covid.
—Esperemos que el Gobierno de México se ponga al tiro… Bueno, no me cambie de tema. Estábamos en que estuvo a punto de ser reclutada como bailarina topless.
—Sí… estuve a nada de volverme una bailarina exótica… Exótica porque al club al que me llevó la “madame”, las chicas se podían quitar todo… Las primerizas empezaban descubriéndose los pechos… y ya cuando agarraban confianza y recolectaban más billetes, accedían a desnudarse completamente.
—¿Hizo casting?
—¡No! Fue una invitación directa.
—Según ella, yo tenía ángel.
—De seguro la madame era lesbiana.
—Ahí se equivoca… Es una ex bailarina muy exitosa… y fue amante de un millonario texano que le puso ese club a finales de los ochenta… Le voy a decir algo más.
—Desembuche.
—Ella me dijo, no sé si era para tratar de convencerme o lavarme el coco, que tenía un trasero perfecto… ¿A usted, vecinito, qué le parece mi trasero?
(¿Qué le contestas a una mujer que te pregunta eso…? Más en estos tiempos en que un hombre debe cuidar lo que dice sobre las nalgas de una mujer, porque hasta lo que antes era un piropo o un halago puede ser tomado como un tipo de agresión sexual… Los tiempos cambian… Ahora “los piropos son una manifestación de la cosificación a la que son sujetas las mujeres, fomentando que se les vea como objetos de placer del hombre, lo que perpetúa los roles inequitativos de género y abre el camino a la violencia.
Por tanto, los piropos NO son un halago, sino más bien un instrumento que los varones usan para ejercer cierto poder de dominación hacia ‘el sexo débil’, puesto que, al salir una mujer a la calle, ella está expuesta a una relación de desigualdad asociada a su condición sexual, siendo cosificada y tomada como mero objeto sexual para la satisfacción del varón”).
—Me guardo mi opinión… no vaya a ser que me acuse de acoso.
—Sería acoso si no le estuviera pidiendo su punto de vista sobre mi trasero… ¡Ándele! No sea timorato.
—Pues ¿para qué se hace? Usted sabe perfectamente lo que se carga.
—¿Sí o no?… No le haga al miki.
—¡Sí! Tiene un bonito trasero.
—Ya ve que no era tan difícil darme su respuesta.
—La que tiene bonitas nalgas, pues tiene bonitas nalgas… ¿qué se le va a hacer?
—Pues la gringa insistía que tenía muy bonitas nalgas.

