Cuando Mao Zedong asumió el poder en 1949, China era un país devastado: la guerra y décadas de pobreza habían dejado cicatrices profundas. La economía estaba colapsada, la infraestructura en ruinas y millones de personas vivían al borde de la subsistencia. En medio de este escenario, las políticas de Mao, como el Gran Salto Adelante y la Revolución Cultural, profundizaron la crisis económica y social, provocando hambrunas masivas y un estancamiento productivo que marcó la vida de toda una generación.
Hoy, casi 77 años después, China se presenta como un actor global de primer orden: su economía creció 5,0% en 2025, con un PIB que supera los 18 billones de dólares, y por primera vez ha superado en capacidad instalada de generación eléctrica a partir de energías eólica y solar combinadas frente al carbón. La transformación es tan radical que resulta difícil imaginar que este gigante industrial y tecnológico surgió de la miseria y la devastación.
El cambio no ocurrió por casualidad. Tras la muerte de Mao en 1976, Deng Xiaoping impulsó las “Reformas y apertura”, un conjunto de políticas económicas que introdujeron un “socialismo con características chinas”. Se liberalizó la agricultura, se promovió la iniciativa privada y se modernizó la industria, al tiempo que China se abría al comercio internacional. Estas medidas sacaron entre 1978 y 2017, a más de 740 millones de personas de la pobreza, consolidando un modelo híbrido que combina control estatal y eficiencia de mercado.
El milagro económico chino se refleja en todos los sectores, desde ciudades ultramodernas hasta un tejido industrial capaz de abastecer al mundo. Pero quizás el ejemplo más notable es su transición energética. La superación de la capacidad de generación eléctrica renovable frente al carbón no solo marca un hito técnico, sino una estrategia de largo plazo que articula seguridad energética, soberanía tecnológica y estabilidad económica.
La expansión masiva de eólica y solar ha sido posible gracias a planificación estatal, inversión pública sostenida y control de cadenas productivas estratégicas, todo sin desarticular la base industrial que produce bienes para más de 1.400 millones de personas y exportaciones globales.
Este modelo ha permitido que China no solo lidere en producción de paneles solares, turbinas eólicas y baterías, sino que influya directamente en la transición energética mundial. La combinación de planificación socialista y elementos de mercado ha creado un círculo virtuoso: desarrollo económico, inversión en infraestructura, generación de empleo y redistribución social, reforzando la estabilidad política y el poder del Estado.

El ejemplo chino desafía nociones tradicionales sobre la relación entre política y economía. Mientras Occidente debate entre crecimiento y sostenibilidad, China demuestra que un Estado socialista puede integrar eficiencia de mercado y liderazgo tecnológico para alcanzar objetivos de desarrollo y energías limpias a escala global. Su modelo mixto, definido oficialmente como “capitalismo de Estado”, ha logrado equilibrar productividad, innovación y bienestar social, consolidando una posición de influencia que pocos países han alcanzado en la historia.
Hoy, la historia de China es un recordatorio de que las estructuras políticas y económicas pueden reinventarse: un país que comenzó en la pobreza extrema y bajo un régimen ideológico rígido ha logrado no solo crecer económicamente, sino transformarse en un líder mundial en innovación tecnológica y sostenibilidad energética.
La combinación de visión estratégica, control político centralizado y apertura selectiva al mercado ha permitido a China superar expectativas y configurar un futuro donde la energía limpia y la prosperidad económica convergen en un modelo que desafía paradigmas globales.

