Existe una intuición sencilla que sostiene una tensión propia del pensamiento desde lo popular. A Juan Gabriel (hasta hoy) no se le ha leído a la altura de su complejidad. Se le ha cantado en los lugares más insospechados, celebrado en escenarios de toda índole (desde el más modesto hasta el más encumbrado), imitado y llorado; sin embargo, rara vez se le ha pensado. Esto ocurre porque la música popular suele asumirse como un territorio de emoción antes que de reflexión.
En Juan Gabriel acontece algo excepcional, lo popular opera como la condición que dota de universalidad a su obra. Pensarlo implica tomar en serio lo que su obra ya realiza, producir sentido, sostener subjetividades y tramitar aquello que no siempre encuentra palabras. En este sentido, su música y su lírica se configuran como una operación simbólica de gran alcance.
Su historia ancla sus raíces en la siempre heroica Ciudad Juárez, habitada como un espacio simbólico donde comienza a gestarse una de las historias más complejas de la música popular mexicana. Es en esta tierra donde llega Alberto Aguilera y se configura quien sería, con el tiempo, un artista multifacético bajo el nombre de Juan Gabriel. Juárez se convierte en el laboratorio afectivo donde se ensaya una transformación decisiva: convertir la intemperie y la cotidianeidad en canción. El abandono, la precariedad y la herida se transforman en materia expresiva, en letras que traspasan una historia común.
Juan Gabriel emerge a partir de Alberto Aguilera, en un proceso que remite a los registros psíquicos de Freud y Lacan. La carencia del deseo materno (el silencio de Victoria Valadez) se articula como motor de una búsqueda universal de reconocimiento, lo que para el psicoanálisis refiere a un desplazamiento.
Ciudad Juárez funciona así como una condición subjetiva antes que como un simple espacio geográfico. Es un territorio donde el sujeto se forma desde la ruptura como modo de expresarse y hacerse escuchar, desde una lógica de supervivencia que forma parte del ADN juarense, tanto para quienes nacen en el territorio como para quienes se adaptan a él por convicción. En Juárez inicia una carrera artística y también una forma de estar en el mundo, donde confluyen el hombre y el artista. Esa forma se vuelve habitable mediante expresiones que ascienden y generan una simpatía singular en el público.
Esta operación se vuelve visible desde la noción de máscara. A finales de 2025, el estreno en Netflix de una miniserie sobre Juan Gabriel permitió que se hiciera explícita la coexistencia entre Juan Gabriel y Alberto Aguilera, una convivencia sostenida en diálogo permanente. El intercambio entre ambos, literalizado en la puesta en escena, adquiere una dimensión simbólica en la que el sujeto puede hablarse a sí mismo sin fragmentarse, lo que resulta poco frecuente en análisis de trayectorias similares.
Aquí se traza una genealogía que va de Oscar Wilde a Enrique Bunbury y desemboca, con una radicalidad propia, en Juan Gabriel. Wilde planteaba que el ser humano alcanza mayor honestidad cuando habla a través de una máscara, una lógica presente en gran parte de su obra. En La importancia de llamarse Ernesto, el nombre asumido se convierte en un espacio de libertad desde el cual se puede habitar aquello que la sociedad restringe. La verdad adquiere forma estilizada y se desplaza hacia una puesta en escena capaz de interpelar las normas del imperio isabelino.
Bunbury retoma esta intuición y la traduce a un registro contemporáneo y consciente. El seudónimo habilita un plano de existencia distinto, un desdoblamiento que reorganiza la experiencia subjetiva. Desde una lectura lacaniana, la máscara ofrece un lugar desde el cual el deseo puede enunciarse sin quedar absorbido por la vida cotidiana.
Juan Gabriel lleva esta lógica a una profundidad distinta. El artificio no opera como protección, sino como una vía de exposición sostenida. El desdoblamiento entre Alberto Aguilera y Juan Gabriel produce una redistribución de funciones subjetivas habitadas por el mismo ser. Alberto porta la herida (en términos psicoanalíticos) y Juan Gabriel la canta, dando voz a experiencias comunes del ser humano. El dolor se amplifica y se vuelve compartible, lo que permite una identificación masiva que opera en un plano inconsciente, especialmente si se considera la manera en que la lírica musical se inscribe en la otredad.
Desde el psicoanálisis lacaniano, Juan Gabriel puede leerse como un sinthome: una solución singular que permite al sujeto sostenerse a partir de su grieta constitutiva. Juan Gabriel vuelve habitable la herida que atraviesa a Alberto, posibilitando su permanencia en un mundo complejo. De ahí la eficacia de sus canciones, frecuentemente calificadas como simples, cuya potencia se origina fuera de una censura afectiva y se manifiesta en su cercanía con la vida cotidiana. Sus canciones no explican el dolor, lo acompañan, y esa compañía habilita un espacio de refugio para el público a través de la identificación.
Esto permite comprender la incomodidad que generó durante décadas. Su relación con el deseo se expresó sin mediaciones confesionales. No se definió ni se justificó; se expresó mediante la canción. El deseo aparece como goce asumido y continúa operando como una forma de subversión.
Mientras Wilde construye una estética de la máscara y Bunbury la elabora conceptualmente, Juan Gabriel la habita como un espacio vital. En los tres casos, la identidad se presenta como una escena necesaria para que la verdad acontezca. En Juan Gabriel, la máscara se convierte en un lugar de permanencia. Juan Gabriel es el refugio donde Alberto puede existir y sostener una vida surgida del caos.
Pensar a Juan Gabriel desde Juárez se convierte así en una forma de interrogarnos en el tiempo. Esta ciudad, habituada a la supervivencia, reconoce aquello que no se disfraza de virtud. Por ello, Juan Gabriel no requirió justificación en este territorio. En Juárez se comprendió que algunas heridas requieren forma para no devenir silencio. Escuchar hoy a Juan Gabriel desde este espacio de cruces, ausencias y resistencias invita a preguntarnos qué hacemos como ciudad con aquello que duele y sostiene. Su voz permanece porque su música continúa operando como mecanismo de expresión y como una vía para habitar escenarios complejos, donde cantar permite aminorar el padecimiento social.
Bibliografía
• Freud, S. (1981). El malestar en la cultura. Alianza Editorial.
• Lacan, J. (2005). El seminario, Libro 23: El sinthome. Paidós.
• Monsiváis, C. (2010). Escenas de pudor y liviandad. Grijalbo.
• Wilde, O. (1973). La importancia de llamarse Ernesto / El crítico artista. Obras completas. Aguilar.
• Žižek, S. (2005). Bienvenidos al desierto de lo real. Akal.

