Anotación al borde del texto: Para el autor de estas crónicas sonoras itinerantes, el volante es una forma de habitar el mundo. Desde ahí observa la ciudad con música de fondo, un soundtrack que acompaña los planos secuencia de una película mental. Maneja, entrega, recolecta y transporta mientras recorre las calles de Tijuana con una selección específica de álbumes elegidos desde la noche anterior, una compañía constante durante las horas de conducción.
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NOISE # 1
Uno sale a la calle con el corazón en la mano. Encender el estéreo y darle play a “Sings” (1965) de Patty Waters. El álbum debut de una cantante de jazz atípica en los circuitos musicales neoyorquinos de los sesenta, quien incluso fuera descubierta por el saxofonista Albert Ayler mientras esta limpiaba mesas y recogía ceniceros en algún club de jazz.
Manejo las calles de Tijuana con un sábado silencioso colgado del cielo. Es un sábado de esos que parecen domingo. Nunca se había sentido tanta soledad en el Blvd. Aguacaliente como en esta ocasión.
Las canciones de Patty Waters son como murmullos tristes, desolados, llenos de espacio, acompañados apenas de pequeñas figuras en el piano, notas en miniatura, como si cayeran gotas de agua sobre las teclas.
Después de “Sings” editó al año siguiente su segundo álbum, “College Tour”, grabado en vivo. Luego del barullo, Patty Waters se retiró de la música para dedicarse de lleno a cuidar de su hijo.
Es un sábado triste, como una naranja seca todavía colgada del árbol y a punto de caer al suelo.
Apenas me entero de que la autora de “Why Is Love Such a Funny Thing” falleció en junio de hace dos años.
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NOISE #2
Hay días que son ruido. Hoy es uno de ellos. Estridencia vial en las calles del Centro y la Zona Río. Escucho a los infravalorados BAND OF SUSANS a un volumen altísimo, con las ventanas del carro cerradas para que la disonancia rebote en mi cabeza hasta las náuseas. La Glorieta Cuauhtémoc es la expresión total de anarquía al volante en horas pico. Cada quien maneja por el carril que le da la gana. Todo está a punto de colapsar, de valer madre y recibir el impacto de algún cafre kamikaze en cualquier momento, pero al final nada sucede y todo sigue su curso.
El soundtrack es perfecto. Suena “Love Agenda” (1989), el segundo LP del quinteto neoyorquino de noise rock, integrado, entre otros, por tres morras con el nombre de Susana: una al bajo y las otras dos en las guitarras.
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NOISE #3
Momento de lluvia en pausa.
Veo a una hermosa malabarista de ojos azules en el semáforo de las calles Cuauhtémoc Sur y Gobernador Ibarra. Es una rubia harapienta con los dos brazos todos tatuados. Palabras, frases largas, dragones y seres mitológicos la cubren hasta el cuello. Justo en el instante en el que la malabarista empieza su acto, entra a escena la canción “Aux sombres héros de l’amer” de NOIR DÉSIR en las bocinas del carro.
La banda de rock más famosa de Francia lanzó su primer LP en 1989. Una obra poderosa, llena de psicodelia, electricidad y blues punk, en la onda de The Gun Club. La presencia escénica y ese distintivo de poeta maldito que acompañó siempre al vocalista Bertrand Cantat durante su época ayudaron a definir la mística oscura de la banda.
Subo el volumen, bajo el vidrio. La malabarista arroja las clavas al aire. Las observo dar vueltas y regresar a las manos de su dueña. Pienso que esos objetos también pueden ser mis emociones, mis pensamientos, el pasado, el futuro, mis errores y mis aciertos.
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NOISE #4
Manejo. Veo a un bato feliz al volante de su van Chevrolet. Es un cachetón con lentes, de aproximadamente sesenta años, y la sonrisa atravesada en la cara. Lo acompaña una mujer.
Solo me bastan dos segundos para darme cuenta de que es un compita feliz, contento, sin desmadres mentales. El Sr. Cachetes está detenido, sin poder avanzar por el desordenado tráfico de una Tijuanaland que no respeta hora ni condición social. A pesar del pain in the ass de estar atorado en el caos, el bato tamborilea despreocupado con sus manos sobre el tablero del carro.
No baila el dude porque iba sentado. Por la enjundia del redoble pienso que la música que va oyendo podría ser un son cubano o una salsa caribeña. En mis bocinas no está precisamente Willie Colón, pero sí trato de replicar a Mr. Happy tocando la batería con mis dedos en el volante mientras suena “Seeing” del Tord Gustavsen Trio.
Es el último disco del pianista noruego de 54 años que salió a fines de 2024. Me gusta la música que hace porque va más allá del jazz; se nota su relación con la música clásica, hace mucho énfasis en la melodía, su respeto por el silencio como si fuera una nota más.
Manejo, pienso. Se dispersan los nubarrones, el gris melancólico cede su paso al azul festivo de un cielo pleno, jubiloso. En ese momento justo se escucha “Seattle Song”, la pieza más triste del disco.
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NOISE #5
Me encanta quedarme detenido en un semáforo en rojo, con una unidad del Ejército Mexicano a un lado, y subir el volumen al máximo cuando suena “Spiritual Unity” de Albert Ayler. Volteo a ver el rostro de los soldados, disimuladamente. Me los imagino nerviosos, sacados de onda, con la tolerancia trastocada por esa música de saxofones histéricos. Quizá uno de ellos, el más malo, me pida que le baje al ruido, pero yo haré como que no escucho. El semáforo cambia a verde. Avanzo mientras ajusto el volumen hacia abajo.
Si quieres, puedo hacer una versión todavía más cortada y rítmica, casi como un solo de Ayler, pero esta ya corre limpia.
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Jorge Gutierrez Ruiz (1973). Narrador y crónista. Tijuanense por adopción y sonorense de nacimiento. Es un melómano defensor de la poderosa relación entre periodismo, música y literatura. Ha colaborado para la revista Marvin, Nómadas Press, Alta Noche y diversos medios, y ahora en Poetripiados. Le gusta abrazar árboles.

