ISAÍAS GARDE
el mono y el bombón
allá lo vemos
ciego el mono en su máquina
de subir y subir
y subir
de tener que subir
y subir
pobre mono
allá lo estamos viendo
allá el mono //gigante
según queremos verlo//
un rey en fin el rey
raído por el viaje
con la derecha
colgado del pincel
y hamacando en la izquierda
con unción y sin arte eso rubio
su fugaz monamour
su maldito bendito bombón
allá serán
ya son
y ya están siendo
el lloro y el rechinar de todo
la artillería aérea
directa al corazón
de todos y del mono
y el corazón que ruge
y que susurra allá
puesto el mono en su máquina
de perder el aliento y subir
a eso
a lo de allá
//mono estamos con vos
que se entienda//
en vos mono subimos
sabemos sin saber y subimos
a eso a lo allá
donde ahora mismo
vos
tu ahogo
y tu bombón
no hay infiernos mejores mono
no hay canciones peores
***
mester de errata
urden sobre el error
preciso
labran
sobre el aire el silencio
que aturde
traman
sobre nada
de nada
la fuga
***
norte
perdido el norte
qué más da
qué más
venía
dando
qué había dado
jamás
la estampita
perfumada
de la virgen
del norte
todavía
(Henry Miller)
todavía brillabas
todavía en tu siempre jamás
todavía por siempre
todavía perfecto
todavía
todavía tarado
todavía devoto
para siempre jamás
de esa estrella barata
todavía
total
tarado en tu sonrisa
al pie
de la escalera
lapso
entre una gala
de sangre y otra
oh afición
oh gesto
oh donaire
escando
dice el vampiro
con siniestra mano
haikus

Isaías Garde (Buenos Aires, 1961). Escritor y traductor especializado en poesía. Coordina desde 2010 talleres de escritura, corrección de estilo y los seminarios «Textos en transición», en los que se aborda la lectura y análisis de grandes obras literarias. Se desempeña en Institutos de comunicación como profesor de Redacción periodística, Literatura, Historia del arte y Taller de guion y libreto. Publicó los libros de poemas “Variaciones sobre un mundo cuadrado”, “Milonga inconclusa”, “Máquinas del tiempo”, “Ensamble de espejos” y «Mínima Barroca”. Tiene en preparación un volumen de crónicas urbanas: “Visto en Baires”. Lleva adelante la página de arte y literatura “Biblioteca Ignoria” y “Zoon Phonanta”, dedicada a la traducción de poetas de lengua inglesa. Dictó en la Biblioteca Miguel Cané, de la Ciudad de Buenos Aires, los ciclos «Lecturas de cuentos de Borges» y «Borges, narrador y poeta». Actualmente, en el mismo ámbito, está a cargo del ciclo “Juan José Saer, vida y obra”.
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SANTIAGO ALASSIA
Hueco en el mundo
I Serie de la maleza
Oración de malezanos
Difteria es el nombre de una peste que acechaba a los colonos,
cuando niños: osaban cruzar el alambrado. Difteria es zanja
en la garganta, no poder
la gesta ni gritar en ese barro. Difteria es cardo seco, no agarrar
la pala con esfuerzo. Difteria es mal dejar de brazos flojos.
La casa
La casa nos aplasta, la casa nos aplastará.
El tío cantor, mi abuelo fermentado por el vino,
los flacos animales que pronto morirán: llevamos lustros
queriendo salirnos de la casa, andar campo traviesa.
En vano todo. La casa nos aplastará.
¿Dije de los flacos animales de la casa?
Yo mismo soy ahora un desgarbado
caído en la grisácea o triste historia
de escarpines perdidos en el frío general.
Yo mismo
soy lámina de cal de mi alegría.
En el centro de la casa han brotado unos riachos.
Cuelgo de los techos, me hago desde la mugre,
imploro una meseta fértil de incontable vastedad
pero la casa me contesta con agua de los riachos,
barrosa lengua que sube y marca todo por igual:
a todos por igual no diferencia,
a todos por igual nos marca su pegajosa obstinación.
¿Dije de mi tío, el cantor? De los muslos
le bajaba un jugo lánguido de ciruelas machucadas
y ahora hay charcos negros que no podemos combatir.
Por las noches
mi tío canta junto al fueguito melancólico,
fuma su pipa cotidiana, escupe
canciones demacradas como babas de la siesta
y nos entran galopando los quejidos de una india.
Ya nos acosan desde afuera otros bestiales rancheríos.
¿Adónde iremos a parar en esta larga noche indígena?
En otro tiempo
mi tío se acompañó de una guitarra,
un viejo bombo y la costumbre silenciosa
de una mujer renegrida que atizaba el fueguito con las manos.
La casa se tragó esas dulces compañías.
¿Dije de mi abuelo, fermentado por el vino?
Todas las tardes
encerrado en su piecita grita un nombre de mujer
y cuando calla está más viejo y más cansado,
la vista echada como un perro a punto de morir.
Yo no lo odio,
le froto las heridas con hierbas de la zanja
y él masculla unas palabras que no alcanzo a descifrar.
Cuando joven
mi abuelo fue andariego y trotaba los caminos,
los sucios bodegones relucían con su porte afrancesado
y hasta algunos payadores cantaban para él.
Todo el jarabe de los sucios bodegones entraba en su barriga.
Hoy no se escucha el cantar de aquellos payadores:
la casa está rodeada de pura lejanía.
¿Cómo haremos para dormir en esta larga noche indígena?
¿Acaso indiferentes al hedor? ¿Acaso displicentes,
las manos flojas como algas en los bordes del camastro?
En vano todo. En vano los machetes, trabajar
en surcos pisoteados de la chacra,
en vano que haya leña, nadie
entibia el agua, nadie
permanece en esta casa,
nada, ni viento
en el aire, nada
ni nadie
habla.
***
II Serie de ciertos hombres
Canción de ciertos hombres
Ciertos hombres que al caminar
levantan oro al aire, o lo sueltan
como náufragos al agua en su resignación:
volcados al cansancio del mundo.
Ciertos hombres, esto es todo.
En su caminar justifican los espasmos
de la sangre del animal que se acurruca
en los racimos de una tarde ya lejana
con las horas yéndose a otro lado.
***
Yuri Cásperats
No siempre amanece, dijo Cásperats, no siempre
detrás de la montaña de tus párpados hay sol.
A veces dependemos del milímetro de luz
que cuelga desde el vértice de un techo que no existe
aunque podamos tocarlo como a un dios verdadero,
con dedos trabajosos, con miedo y humedad.
No siempre amanece, dijo Cásperats, yo mismo
tardé para arreglar las cuentas con mi padre.
Sentado junto al catre en el que agonizaba
cuidé su piel pacata lavándolo despacio,
haciéndole masajes en el pecho sudoroso
y oyendo sus delirios de viejo pescador
hasta que al fin, ya casi moribundo,
pidió tomar café y fumar un cigarrillo.
Yo mismo hice caer café caliente en su bigote
para verlo abrir los ojos como última señal.
No siempre amanece, dijo Cásperats, a veces
la borra del café nos empantana en su negrura.
El día en que los otros tapiaron el perímetro,
la ínfima parcela en que debía acurrucarme,
salí despacio a caminar sin miedo y sin expectativas.
Dijeron: ahora que tu padre ha muerto finalmente
deberías encontrar una mujer, un buen trabajo,
un ocio confortable y hacerte una familia.
Yo escuché esa lógica con cierta admiración
y antes de salir me detuve a ver las grietas
que llenaban las paredes de la pieza de mi madre:
un ejército avanzando como una enfermedad.
No siempre amanece, dijo Cásperats, no siempre
resulta soportable la vigilia de los hombres.
Después de abandonar la chatura de la pampa,
su reparto previsible de tamaños y funciones,
anduve por ignotos parajes de montaña.
Vi unos hombres quietos fumando en el umbral
de una cabaña de madera, sin nada que decirse,
rodeados de una calma lunar de tan porosa,
vi pequeñas piedras con gotas de rocío
y una hormiga sola prendida a una naranja.
No siempre amanece, dijo Cásperats, a veces
el puro parpadeo se vuelve una ecuación
pesada como el día que sentiste, siendo niño,
las ganas de tajear el aire o la pantalla
y todo lo de afuera se empezó a desmoronar.
Así fue que mi vida se inclinó hacia lo minúsculo,
eso que no deja de agitarse y tambalear,
el panorama lánguido que oímos al nacer
en esta permanencia que da el desplazamiento:
de ley a hoy, de amor a terrenal como baobab
sin adherencia, como neblina,
de hogar a suceder como zumbido o vibración
en el ahora, la zona sin apoyo
entre los ojos del que mira
y lo mirado: nadar
no es algo sólido,
el río no obedece.
No siempre amanece, dijo Cásperats, no siempre
tenemos el valor de acomodar una palabra,
no siempre vemos claro ni piedra sobre piedra
con esa transparencia de la respiración
o la continuidad con que se hace la ceniza.
No siempre amanece, dijo Cásperats, a veces
al mínimo contacto se cae un edificio.
***
III Serie de elementos
Diálogo de los elementos
—¿Es verdad lo que se ve en una foto vieja?
—Sí. No te olvides de esto: detrás
de todo lo que hacés, de lo que mirás,
detrás de todo, todo,
no hay más que plap tic.
***
II
Si hablo con otros dilapido una respiración que iría
a volcarse en piedra. Escritura.
Lo que sí tengo es fe. Tener fe significa:
que dormir sea posible,
darse a uno mismo una casa habitable con suficiente
oscuridad, con silencio suficiente.
Los rincones vacíos de las viejas catedrales, donde retumba
el crujir de la madera: que nadie diga de mí:
este no cuida lo que tiene. Sé muy bien que lo mejor
con una cosa es no tenerla.
De súbito un llamado viene a resonar el diapasón
que me organiza: hablar
sabiendo que no hay nadie, darse un corazón no tan definitivo,
dejar que una llovizna resbale sobre las caras conocidas.
Nazco de la soledad que da el parto de mi palabra cuerpo.
IV
Este hueco intocable como un sótano: veníamos
con la boca seca después de correr
por toda la casa, tragando pelusas. Sentíamos
el agua bajar por cañerías, un gorgoteo
imparable y transparente, y afuera el gran motor
bombeando en medio de la noche, la combustión
que enferma o paraliza o hace que el mundo funcione.
La pelusa en la boca nos hacía tartamudear
y después ya no podíamos
cantar
ni contar una historia, ni abrir la boca, ni abrir nada más
que un dedo de la mano
para dejar el aire subir hasta la superficie,
como un pescadito muerto.
V
Si tanto corríamos era para borrar las huellas que la casa
de papá y mamá nos dejaba en la piel. Bajábamos
para ver si era posible tener un poco de silencio.
Tirábamos una sábana blanca sobre el piso fresco
para luego ver sus pliegues. En ese laberinto en miniatura
de médanos y sombras ondulantes, deseábamos
que papá y mamá tuvieran buenos sueños, mientras
los oíamos llamar con desesperación.
Algo oblicuo en esa voz con que gritaban al aire
pidiendo que volviéramos, que nadie pelearía, que harían
bizcochuelos o tortas de vainilla o chocolate.
No sé si éramos tontos o un poco delirantes,
pero en la sábana blanca veíamos un mar
y así nos arreglábamos para saltar entre las islas apretadas
de los padres, islas o deseo
que ponían como tatuajes en las cabezas nuestras.

Santiago Alassia, (Rafaela, Pcía. Santa Fe, 1979). Escritor, actor y docente universitario.En teatro, escribió y dirigió las obras Atacar, Orden del día, Hermanas Victoria, Fanto, Serie de elementos, Cadencia de noche tras noche, entre otras.En poesía, publicó los libros Hueco en el mundo (Baltasara Editora, Rosario, 2015; Ediciones Outsider, Buenos Aires, 2023) y magún magún (Editorial Palabrava, Santa Fe, 2019). Poemas suyos integran diversas antologíasprovinciales y nacionales.En narrativa, publicó los libros de cuentos Por lo bajo (1er. Premio Fondo Editorial Municipal, Rafaela, 2017) y No es lo suficiente (Ediciones Santa Fe Cultura, 2021), que obtuvo el Premio Provincial de Narrativa «Alcides Greca» en la edición de 2020.Entre 2008 y 2013 dirigió el suplemento cultural Rastros en el diario La Opinión, de Rafaela. Ha publicado crónicas de viajes en el diario La Capital, de Rosario. Entre 2018 y 2022 desarrolló el proyecto cultural educativo ViajaPalabra, con el que llevó obras y talleres de teatro y de poesía a espacios culturales alternativos de Argentina y de países limítrofes. Dicta clínicas y seminarios de escritura, y escribe notas y artículos para medios provinciales y nacionales.
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FERNANDO AYALA
Conurbano
tortilla, chicharrón, parrilla
grasas, talleres, fábricas
faso, alita, querido
vueltas, paredones, pasillos
mate, tema, maté, morí
alianzas, burocracias, democracias
turnos, colas, multitud
tinglados, bases, canchas
terrenos, casas, casillas
changas, charlas, chamullo
cuentos, relatos, leyendas
fusilados, desaparecidos, aparecidos
tranzas, arreglos, coimas
barrios, pueblos, deseos
balas, piedras, cubiertas
fuego, aire, incendio
ritos, soluciones, anarquías
verde, verdad, vida
machismo, marchito, marica
perros, loros, gatos
sirenitas, gendarmes, pitufos
corto, cuero, cuerpo
colores, sabanas, sueños
presión, diabetes, sida
hambre, olla, pan
locura, soledad, desgracia
dioses, paganos, pagados
derroches, reproches, ansias
amor, pasión, hijos
padres, abuelos, niños
pelotas, pistolas, pistas
desesperación, desesperanza, desamparo
naufragio, fragilidad, ternura
baches, bochas, borrachos
sedes, mutuales, clubes
humanos, demasiado, humanos
conurbano, mano de obra.
#2
Amor / sin paz
estos cuerpos / restos
son nuestros / cuerpos
salvajes enteros /
del amor / sin paz /
a cantaros / del mar
las piedras / vuelan /
el uniforme solo / copia
formas / sin pensar /
desnudos / somos vida /
que pasa y queda /
síntesis del recuerdo /
que llega / llena / vacía y se va /
tus ojos enmudecidos /
huelen a romero / se visten de fiesta /
pestañean y graban / fijan e interpretan /
dos cuerpos dos / dos sexos dos /
cuando corre / lo que corre /
no se tapa / lo que esconde //
#3
Modas de amores en el canturrear bohemio
los ahorcados lamen bolsas secas
el hambre pide a gritos cordura, las pieles
gotean nervios de claridad engorrosa
vocales marcadas a fuego, incendian mesas
las pausas son agujeros negros
diseminados en ambientes, la música
resignifica el lenguaje mudo
de los ciegos paralíticos del camino.
En cambio, no faltan, ni pies, ni manos
los deseos perfectos, la maldita estética de las almas
obsesiones de antaño. Las ansias locas, más tristes
que cerveza caliente, pegan sin golpear.
El alquitrán de todos los labios, el faso de todas
las lenguas, la fiebre de todos los cueros,
y el derrame de todos los ojos.
Son postales florecidas de las noches
donde el espacio es uno y varias las tierras
donde los huesos tienen manías y oídos las huellas
donde el sol no tiene llaves, para tantas puertas
donde la seguridad es cosa de enfermos
donde la luz descansa de los hombres
y nos deja servidos, al azar del aire que falta,
a la costumbre de vivirse otra vez
acongojados en la certeza, de que todo lo pasajero
una vez más triunfa, para darnos su verdad.
#4
Como si la sangre tuviese represa
el odio cabida, la discriminación existiera
como si alguien pudiera decir: yo no.
La vez que me vi en crescendo
no pensé en lo que vale. Sin saber,
que lo que vale, siempre está.
va crescendo lo que solo crece.
Sin culpa, dará el canto,
decir lo que siente.
De Conurbano, mano de obra
***
Paredones
Los paredones de la Matanza
Huelen a sangre, y
Danzan, junto a las siluetas
Que sobre ellos se desplazan
Ríen, sudan y lloran.
Se parten en grietas,
Llenas de material desnudo,
De ojos y de sombras.
Recubiertos, pintados
Y letrados por matanceros:
Con fraseos y pausas,
Con verdades y mentiras
Que dejan la profunda espera.
Llenos de matanzas.
Memorando
La marea sobre el niño.
Poderes negros
En lo alto de la blancura.
Recuerdo: uñas con piel,
La llegada de sus ojos;
Viéndolo todo a su antojo,
Oliéndolo todo sin ver.
Lengua seca, mente en blanco.
Un rápido fogueo de ansiedad,
Te encubre desde el ocaso.
Las mulas se olvidan del pan
Otros, queman prensados.
Algunos se mueren por volar
Otros, crecemos volando.

Fernando Ayala, (San Justo, Pcía.de Buenos Aires, 1987). Nació en la clínica Los Cedros de San Justo, partido de La Matanza; pero pertenece y habita el barrio de Ciudad Evita desde hace décadas. Ha ejercido (sin diplomatura académica) el oficio de Periodista, gracias al cual se relacionó con escritores y poetas, que afianzaron su relación con la escritura. Colaboró con revistas de tracción popular y difunde obras de escritrxs, a través de su blog Esmeralda Literatura. Coordina junto a Rosa Oviedo, desde el 2025, el Taller Literario Realismo Mágico. Publicó junto a Barnacle: “Tanto Amor Plateado” (2017); “Conurbano, mano de obra” (2018) y “Fuera del Ombligo” (2021).

