Pasaron los días y nos fuimos acostumbrando a convivir con el bicho. Las estadísticas de caídos por el coronavirus, a nivel nacional, iban al alza.
Un hombrecillo llamado López-Gatel fue comisionado para gestionar todo lo relacionado con el Covid-19… Gatel, a mí, no me daba nada de confianza; me parecía un duendecillo manipulado y timorato.
Mis rutinas no cambiaban. Hacía o recibía muchas llamadas de amistades y familia. Todos estábamos preocupados por todos.
Las despensas que mi esposa me dejaba en la puerta, cada tres días, llegaban a casa sin falta. Ella era comprensiva y no se olvidaba de dejar también un “six” de cervezas o una botella de vino… para soportar el confinamiento.
Todos los días me monitoreaba por celular, para cerciorarse de que el virus no me había atrapado… pues el Covid andaba por todos los rincones, jugando a la ruleta rusa con nosotros. Era muy contagioso.
A veces me ponía a pensar si no me estaba arriesgando mucho al salir a platicar con mi vecina. (Por eso, desde que la descubrí en la azotea, solo habíamos interactuado cinco veces).
Se puede decir que ya éramos vecinos amigos; ella en su azotea y yo en mi patio. Habíamos iniciado una amistad… de lejitos.
En los siguientes días no tuve señales de ella. Le había mandado dos saludos por WhatsApp y no me contestaba. A mí me interesaba seguir con lo de Elijah por WhatsApp o que nos citáramos afuera… No tuve señales de ella.
A la semana, por fin recibí un mensaje de mi vecina y después nos conectamos con una llamada por WhatsApp.
—Disculpe que no le haya contestado, vecino, pero he andado muy atareada.
—No tiene que disculparse. Lo bueno es que está bien… que estamos bien, toreando al Covid.
—¿Tiene tiempo para charlar un rato?… Quiero terminar de contarle por qué mi ex terminó refundido en la cárcel.
—De seguro lo agarraron cocinando alguna droga, al angelito.
—¡Bueno fuera!… La cosa estuvo peor… Elijah navegaba con dos caras, al igual que con dos tipos de amistades… malditos y benévolos. Sus amistades se extendían por todo el condado de Travis (que incluye la ciudad de Austin, Texas). Y cuando nos establecimos en el lago, empezó a juntarse con los mafiosillos que controlaban la venta de drogas y toda clase de actividades ilícitas en los alrededores del lago… A estos malandrines Elijah los conocía desde que era un adolescente rebelde y vivía con sus padres. Los dominios de esos rufianes se extendían hasta Austin y otras poblaciones, pero su base de operaciones estaba en la tranquila comunidad del Lago Travis. Estos güeyes se dedicaban a la distribución de cocaína y mariguana, que les llegaba desde México; venta de drogas sintéticas que fabricaban en cocinas rurales (lejos de todo), robo de autos de alta gama, allanamientos a residencias y otras tropelías… Hasta donde yo supe, Elijah no era miembro activo de esta banda, pero se juntaba con algunos de ellos, con los que hacía negocios turbios.
—Entiendo, su exnovio no era malandro, malandrote… pero si haces ronda con ellos, tarde que temprano te cae la yuca.
—¿Yuca? ¿Qué es eso?… Usted saca palabras muy domingueras.
—¡Ja, ja, ja! Es que usted está bien morrita… y no es de Juárez.
—Déjeme, le pregunto a Google…
“La expresión te cae la yuca es una frase coloquial utilizada principalmente en algunos países de América Latina. Su significado puede variar ligeramente según la región, pero generalmente se refiere a una de las siguientes situaciones:
ENCONTRARSE EN UNA SITUACIÓN DIFÍCIL O COMPLICADA: Es similar a decir ‘estar en un problema feo’ o ‘estar hasta el cuello’, sin una salida fácil.
RECIBIR UN CASTIGO O ENFRENTAR LAS CONSECUENCIAS: La frase puede implicar que alguien va a enfrentar las consecuencias de sus acciones, a menudo de forma severa o inevitable.
En general, la ‘yuca’ representa algo pesado, difícil, problemático o una consecuencia negativa que recae sobre una persona”.
—Pues sí, vecino, al pendejo de Elijah le cayó la yuca, como dicen usted y Google.
—Vecina… me está hablando mi esposa por celular… Déjeme le contesto y ahorita le seguimos.

