A lo largo de la historia, los Estados han construido aparatos para controlar, clasificar y expulsar. Comparar al ICE (Immigration and Customs Enforcement) con los órganos militares y policiales del nazismo no implica equipararlos en escala ni en propósito (el régimen de Hitler fue un proyecto genocida y totalitario sin paralelo), pero sí permite observar alertas tempranas: similitudes en lógicas, discursos y prácticas que erosionan derechos y normalizan la excepcionalidad. Ese es el sentido de esta comparación crítica.
El ICE opera hoy en ciudades fronterizas como El Paso, Texas, mediante redadas, detenciones y deportaciones aceleradas. Su marco formal es el de un Estado democrático con contrapesos, tribunales y prensa libre. Allí está la primera diferencia sustantiva con la maquinaria nazi (SS, Gestapo, estructuras militares): el nazismo anuló las libertades, centralizó el poder y convirtió la ley en instrumento de persecución racial sistemática y exterminio. No hay equivalencia moral ni histórica entre ambos fenómenos.
Sin embargo, hay ecos preocupantes en los métodos. Primero, la burocratización del castigo: expedientes, listas, centros de detención, traslados. Hannah Arendt mostró cómo la violencia puede administrarse con sellos y formularios; el ICE, como otras agencias de control migratorio del mundo, funciona en buena medida a través de esas lógicas administrativas que despersonalizan.
Segundo, la militarización del espacio cotidiano: operativos visibles, chalecos, vehículos oficiales en barrios y centros de trabajo producen un efecto de “ocupación” psicológica, similar (en su impacto subjetivo) al que generaban los cuerpos uniformados nazis, aunque incomparable en magnitud y brutalidad.
Tercero, el discurso de la amenaza. Cuando se describe a migrantes como “peligro”, “invasión” o “carga”, se activa una retórica que deshumaniza. Los órganos nazis se alimentaron de ese lenguaje para justificar lo injustificable. Hoy, si la política migratoria adopta narrativas de enemistad, el terreno se vuelve fértil para abusos.
En comunidades de El Paso, los operativos del ICE producen temor difuso, retraimiento de servicios y silencios forzados. En los últimos días, la vida social se reorganiza alrededor del miedo, rasgo común en sociedades sometidas a aparatos coercitivos. Este miércoles hubo otra redada enuna construcción por la calle Pelicano, reportaron en las redes sociales.
Cuarto, la amplitud de la discrecionalidad. Cuando agentes en la calle concentran poder para decidir detenciones o traslados con supervisión limitada y procesos opacos, los márgenes de arbitrariedad crecen. Los órganos del nazismo convirtieron esa discrecionalidad en norma absoluta. En democracias, la respuesta debe ser la contraria: más transparencia, debido proceso y control civil.
Reconocer estos paralelismos parciales no es una exageración histórica; es una advertencia democrática. El ICE no es la SS ni la Gestapo, pero ciertas prácticas —redadas, detenciones prolongadas, separación familiar, la lógica del “enemigo interno”— resuenan con patrones que el siglo XX enseñó a temer. La tarea ciudadana y periodística es doble: defender las diferencias esenciales (instituciones, derechos, límites al poder) y denunciar los deslizamientos que nos acercan a zonas grises donde la legalidad se vuelve instrumento de exclusión.
El Paso, como frontera viva, muestra ese laboratorio de tensiones: allí se cruzan ley, humanidad y geopolítica. Comparar no es igualar; es encender luces largas para que el lenguaje, la práctica y la política migratoria no repitan, siquiera en miniatura, los caminos que llevaron a los peores abismos del siglo pasado.

