Lo que me narró la vecina sobre su ex, Elijah, está salvaje.
Un día Elijah llegó al depa, donde mi bella vecina lo esperaba todas las noches para “dormir” calientitos, y le anunció, sin decir agua va, que tenían 48 horas para esfumarse de Austin.
Mi vecina se alegró mucho porque tenían planes de irse a una gran ciudad y empezar una nueva vida (ella ya se veía en las calles de Nueva York, Chicago, Miami o Las Vegas) y forjarse un mejor futuro, ya que los dos tenían carisma (jóvenes y muy atractivos) y sentían que podían encajar en los altos círculos sociales de cualquier ciudad… y porque creyó que Elijah había obtenido un fabuloso trabajo lejos de Austin.
Pero se sorprendió cuando Elijah le dijo que se iban a mudar al Lago Travis, que queda a 40 minutos de Austin y cuenta con una población muy pequeña a sus alrededores: casas de campo o para fines de semana, cabañas turísticas, hoteles y varios RV Parks (parques) que sirven para que campers o tráiler house (casas rodantes) se estacionen y cuenten con luz, agua, lavandería, baños y demás servicios, y un lugar seguro… parques a donde llegan turistas jubilados o aventureros que viajan por todo Estados Unidos al estilo nómada.
Esta urgencia por dejar Austin le hizo mucho ruido a mi vecina; más que una mudanza le pareció una huida… de Elijah.
Para convencerla, el hijo de la chingada le explicó que nada más iban a hacer una parada por un tiempito en el Lago Travis y de ahí se moverían a una urbe grande y cosmopolita.
¿Por qué cambiar Austin por Lago Travis? Pues porque los padres de Elijah viven ahí, tienen un RV Park para vehículos recreacionales y además son dueños de muchas tierras, y se dedican también a la compra y venta de bienes raíces (sobre todo terrenos alrededor del lago)… y son millonetas, pero viven sin lujos.
Elijah era el clásico hijo de padres ricos, chambeadores y pueblerinos; el hijo que, teniéndolo todo, prefirió la vida loca de Austin. Cada vez que se le atoraba el caballo, recurría a papi y a mami para tumbarles una lana, sin ningún pudor.
El padre le cerró la llave del dinero, pero su madre, a escondidas, se la abría. Es más, padre e hijo no se podían ver ni en pintura.
Al siguiente día, mi vecina y Elijah llegaron a Lago Travis y se alojaron en una tráiler house que la madre les permitió habitar (el padre no estuvo de acuerdo).
Mi vecina aguantó vara porque pensó que aquello era esporádico y, además, la traila no era un yonque: tenía todas las comodidades de un depa para dos o tres personas… y el lago a metros de la puerta. Le pareció hasta romántico.
Pasaron días, luego semanas, y mi vecina y su novio empezaron a tener enfrentamientos, porque ella no quería vivir en el Lago Travis y, de pilón, Elijah se le desaparecía sin ninguna explicación.
En una de esas ausencias de Elijah, una amiga de la comunidad del lago le avisó a mi vecina que en un hotel estaban necesitando a una muchacha, con buena presentación, para atender la barra de una cantina tipo cabaña, a orillas del lago (bar que atendía a turistas y era lugar de esparcimiento para los parroquianos del lago).
Mi vecina fue a la entrevista y en caliente obtuvo el puesto de bartender (de mesera en una cafetería de Austin brincó a servir tragos en la barra más concurrida del lago).
En menos que canta un gallo, mi vecina aprendió el arte de la mixología y ya no dependía de Elijah. Aparte, ella tenía dos plus: cuerpazo y bonita.
Los dos se distanciaron sexualmente y emocionalmente, pero seguían compartiendo la traila, mas no la cama. Elijah se iba por días… y regresaba.
“No sé a dónde diablos se largaba o qué hacía. Yo ni le preguntaba, y nuestra relación ya era de rumis. Me fui alejando de Elijah emocionalmente… ya no era aquel joven del que me enamoré. Me dediqué cien por ciento a ser la mejor bartender. Me encantaba ese trabajo”, me cuenta la vecina.
La noche nos agarró y tuve que decirle a mi vecina que la próxima vez que nos viéramos o habláramos por WhatsApp me tenía que terminar de platicar por qué carajos Elijah estaba tras las rejas en una prisión de máxima seguridad de Texas.

