El caso de Donald Trump confirma que, en política internacional, su palabra carece de estabilidad y coherencia. Con él no hay compromisos duraderos ni principios firmes: hay giros bruscos, contradicciones abiertas y decisiones que se explican más por la coyuntura que por una estrategia consistente. Como diría La Chimoltrufia, el personaje inmortal de Chespirito, “así como dice una cosa, dice otra”, y los hechos recientes en Venezuela lo demuestran con nitidez.
La primera prueba es el trato dispensado a María Corina Machado. Durante años, la oposición venezolana fue alentada desde Washington como la alternativa legítima al chavismo. Discursos, sanciones y reconocimientos diplomáticos apuntaban a ese respaldo. Sin embargo, tras la captura de Nicolás Maduro, Trump optó por girar abruptamente y respaldar a Delcy Rodríguez, figura central del propio régimen.
Machado quedó, literalmente, vestida y alborotada. La explicación no fue ética ni democrática, sino fría y pragmática: una evaluación clasificada de la CIA concluyó que los leales al chavismo eran los mejor posicionados para garantizar estabilidad inmediata. La oposición, según ese análisis, no tenía capacidad real de gobernar. Cuando dejó de ser útil, fue descartada.
La segunda prueba es todavía más grave: la fabricación y posterior desmontaje del llamado “Cártel de los Soles”. Trump convirtió ese término en una bandera política y judicial. Lo elevó a la categoría de organización terrorista, lo usó para acusar a Maduro y para justificar acciones de alto impacto internacional.
Hoy, de acuerdo con medios estadounidenses, el propio Departamento de Justicia de Estados Unidos admite que ese cártel nunca existió como una organización real. Ni la DEA ni los informes oficiales de Naciones Unidas lo reconocieron jamás. Era, en realidad, un término coloquial amplificado hasta convertirse en una mentira de Estado.
El paralelismo con las armas de destrucción masiva en Irak es inevitable: acusaciones construidas para sostener una narrativa que luego se derrumba. Aunque la acusación fue corregida y reducida a la existencia de un “sistema clientelar” y una “cultura de corrupción”, el daño político y diplomático ya estaba hecho. Peor aún, figuras clave como Marco Rubio siguen repitiendo la ficción, aun cuando los propios documentos oficiales la desmienten.
Trump no es impredecible por audacia estratégica, sino por inconsistencia estructural. Dice una cosa por la mañana y la contradice por la tarde; promete respaldo y luego se repliega; acusa sin pruebas y después admite el error sin asumir costos.
En ese contexto, confiar en su palabra —en Venezuela o en cualquier otro país— no es solo ingenuo: es un error político mayúsculo. Con Trump, la desconfianza no es una postura ideológica, sino una medida de supervivencia diplomática.

