Mario Panyagua escribe como quien se sienta a la mesa con un expediente abierto, pero en lugar de sellos trae cicatrices. No es un narrador de “estilos”: es un narrador de temperatura. Uno lo lee y siente la presión de los pasillos, el zumbido de la vergüenza pública, el chisme que se convierte en sentencia, la ley que se vuelve costumbre; y al centro, esa obstinación suya por encontrar humanidad donde el sistema ya decidió que no la hay. Su obra se parece a un cuarto mal iluminado: parece que nada pasa, hasta que un gesto mínimo —una risa que no toca los ojos, un apodo, un silencio que dura de más— deja ver que todo está pasando.
Panyagua se ha movido entre la poesía y la narrativa con el mismo impulso: no decorar la realidad, sino desnudarla. Ha sido becario en Poesía del programa Jóvenes Creadores del FONCA (2015) y, en su trayectoria, ha insistido en una literatura que no pide permiso: entra, observa, incomoda y, si hace falta, se queda a vivir en la herida. Parte de su obra ha encontrado casa editorial en El Salario del Miedo (bajo la curaduría de J.M. Servín), y entre sus títulos resuena —por su puro golpe de realidad— *Dr. Jekyll nunca fumó piedra*, donde ya se asomaba su apuesta: el lenguaje como herramienta de precisión, no como adorno; la calle, el margen y la anécdota mínima convertidas en radiografía social.
Lo más interesante, sin embargo, no es el listado de credenciales, sino la ética que asoma detrás: Panyagua escribe desde una desconfianza activa. Desconfía del heroísmo fácil, del estereotipo, de la explicación total. Prefiere la contradicción humana: el tipo que hace el bien por orgullo; la víctima que también sabe morder; el verdugo que se justifica con ternura. Su literatura está entrenada para mirar donde a otros les da asco mirar, y, aun así, no convertir esa mirada en espectáculo.
Volví a leer a Dostoievski por una razón simple: necesitaba que alguien me recordara que la compasión puede ser una forma de inteligencia, no una debilidad. *El idiota* vuelve con una pregunta que no envejece: ¿qué le hace la sociedad a una persona cuando esa persona no juega el juego? En la novela, el mundo “práctico” sospecha de la inocencia; el sistema se ríe del que no entiende la transacción; la virtud se vuelve rareza, y lo raro se castiga. Hay una frase que me quedó pegada como un vidrio en la lengua —sin necesidad de citarla completa—: el castigo “legal” puede ser más cruel que el crimen, porque mata también la esperanza. Dostoievski apunta a ese mecanismo: el dolor no es solo físico; es saber, con certeza, que no hay salida.
Con esa vibración llegué a *El palacio de los puros*. Y entonces la lectura se volvió un puente: del San Petersburgo brumoso al pueblo carcelario de Panyagua; de la aristocracia nerviosa a la burocracia del encierro; de la humillación elegante a la humillación cotidiana, de cemento. Si *El idiota* me regresó el oído para escuchar las tensiones morales, Panyagua me dio el suelo: el pasto raso, el polvo, la vida que sucede donde la ley es una mueca y la comunidad funciona como una prisión sin barrotes… porque a veces el barrote es el rumor.
*El palacio de los puros* no se instala “en” una cárcel: instala la cárcel “en” un pueblo. Esa es su primera victoria. La novela entiende que el encierro no es solo un perímetro físico, sino una manera de respirar. Aquí el castigo es atmósfera. El afuera se contamina del adentro, y el adentro sueña con el afuera como se sueña con un animal mítico: con deseo, con miedo, con superstición.
Panyagua construye un territorio donde todo tiene doble fondo: el trabajo que “salva” y también explota; la fe que consuela y también controla; la familia como refugio y como jaula; la masculinidad como coraza y como sentencia. Y lo hace sin subrayar: deja que el lector vea cómo se encienden las cosas. Hay escenas que no se apoyan en el golpe, sino en la espera: el tipo que camina dos cuadras sabiendo que lo están midiendo; el silencio en la mesa cuando se pronuncia un nombre; el gesto casi invisible con el que alguien decide que otro alguien “ya no pertenece”.
Lo que más me interesa de esta novela es su capacidad para exhibir el mecanismo de la pureza. Ese “palacio” del título no es un lugar con puertas doradas: es una ideología. La pureza como coartada. La pureza como forma de violencia. El “puro” se vuelve juez; el “impuro” se vuelve mercancía moral. Y en medio, la gente real: gente que ama, que se equivoca, que se pudre, que se salva a medias. Panyagua no les pone alas ni cuernos: les pone historia.
Aterrizar en el pueblo carcelario es entender que aquí los personajes no “representan” conceptos; los encarnan. No son tesis; son cuerpos. La novela está llena de figuras que cargan su propio expediente: el funcionario que vive de la norma y se le deshace el alma en privado; el trabajador que cree que la disciplina lo dignifica, hasta que descubre que la disciplina también lo borra; la mujer que aprende a moverse en el filo —entre el deseo de huir y la responsabilidad de quedarse—; el joven que se forma a golpes de rumor, y termina pareciéndose al monstruo que juró no ser. El gran acierto es que Panyagua no los juzga con superioridad: los deja hablar, fallar, mentirse.
En ese sentido, la novela es también una cartografía del poder microscópico: el poder que no necesita armas porque ya se instaló en las palabras. ¿Cómo se controla a alguien? Diciéndole quién es. Poniéndole un apodo. Haciéndolo “historia” antes de que sea persona. *El palacio de los puros* está lleno de ese lenguaje que encierra: frases que suenan a consejo pero son amenaza; bromas que son sentencia; miradas que funcionan como reja.
Y aquí aparece un parentesco —no servil— con el Dostoievski que yo estaba masticando. En *El idiota*, la sociedad mira al “diferente” y decide que esa diferencia debe ser domesticada o destruida. En PPanyagua, el pueblo y la institución hacen lo mismo, pero con un método más cotidiano: normalizan. Hacen que el encierro parezca natural. Y cuando lo naturaliza, lo vuelven eterno. La crueldad mayor no es el golpe: es el acuerdo tácito de todos para mirar a otro lado.
La novela brilla cuando permite ver ese acuerdo y, al mismo tiempo, sus grietas. Porque hay grietas. Hay personajes que se resisten con gestos mínimos: una comida compartida; un favor hecho sin pedir factura; una palabra dicha a tiempo; un silencio que se vuelve dignidad. Panyagua entiende algo que la literatura grande entiende: la esperanza no siempre es un discurso; a veces es una práctica. A veces es solo no repetir el daño.
En términos de ritmo, *El palacio de los puros* trabaja con un pulso que se parece al del encierro: días que se repiten, pequeñas explosiones, una tensión que no se va. Y cuando por fin revienta, no lo hace como “clímax” de manual, sino como lo hace la vida real: con consecuencias desordenadas, con culpa que se pega a los muebles, con una resaca moral que no se cura con explicaciones.
Si algo le pediría al lector es que no busque “trama” como si esto fuera un caso policiaco. Aquí el misterio es otro: cómo se fabrica un destino. Cómo un entorno se vuelve un guion. Cómo la gente aprende a obedecer incluso cuando cree que está eligiendo. Y ese misterio se resuelve a la manera de Panyagua: con escenas que parecen pequeñas pero son definitivas, con personajes que se vuelven espejo incómodo, con un humor oscuro que no se burla de los débiles sino de las máscaras del poder.
Al final, *El palacio de los puros* no es solo una novela sobre un pueblo carcelario: es una novela sobre la tentación de la pureza. Sobre el deseo social de separar a los “buenos” de los “malos” como si la vida fuera un trámite. Panyagua desmonta esa fantasía con un trabajo de observación feroz y, a la vez, con una sensibilidad que nunca se rinde al cinismo absoluto. Hay oscuridad, sí; pero también hay un respeto por la complejidad humana que se agradece en tiempos de frases fáciles.
Y por eso esta reseña —este regreso a escribir reseñas— no podía ocurrir de otra forma: con Dostoievski recordándome que la crueldad perfecta es la que se ejecuta con formalidad, y con Mario Panyagua demostrándome que, en México, la formalidad también tiene barrio, rumor, iglesia, oficina, cantina y mesa familiar. Volví a leer para volver a escribir. Y volví a escribir porque esta novela exige que uno baje del avión, pise el pasto, huela el encierro, y se pregunte —sin consuelo— cuántas cárceles hemos normalizado por miedo a la intemperie.
Mario Panyagua no está construyendo “un estilo” para la vitrina: está construyendo una obra que incomoda con razón. Una obra que no se hace la ciega frente a la violencia cotidiana, pero tampoco se enamora de ella. Ese equilibrio —ese filo— es el lugar donde la literatura deja de ser pose y se convierte en necesidad.

