El coronavirus no nos daba tregua. A algunos países los estrujaba con furia. Aquí, en México, las autoridades de los tres niveles de gobierno no daban pie con bola.
Las estadísticas mortales daban terror… iban en aumento. El maldito virus nos agarró desprevenidos a todos, no se diga al gobierno federal.
Miles de personas trabajaban desde casa y los demás tuvieron que salir —a las calles y a sus lugares de trabajo— porque sus labores eran esenciales, presenciales e indispensables.
Escuelas y universidades se cambiaron al modo Zoom.
Los ejércitos de las maquiladoras se exponían; tenían que salir a ganarse la papa.
A diario me enteraba —benditas redes— de que conocidos, amigos y amigas o familiares eran pescados por el Covid y, lo peor, que algunos perdían la batalla. Entregaban el equipo, lamentablemente.
Muy seguido recibía llamadas a mi celular con malas noticias. Y yo resistiendo en mi “castillo”.
Hice mi rutina y era viernes, así que le mandé un WhatsApp a mi vecina para avisarle que iba a salir al patio un rato. La invité a vernos. Me dijo que le diera diez minutos.
Salió deslumbrante; no era lo que vestía, sino que ella se veía deslumbrante… sobre todo sus piernas, que inmediatamente colgaron de la barda. (Ella, sentada en su azotea, con su respectivo cubrebocas).
—Hola, vecinito… ¿qué me vamos a beber hoy?
—Lo que quiera… nada más no me pida algo extravagante.
—¿Nos tomamos una de vino?
—Sale.
Entro a la casa por dos copas y con un descorchador eléctrico abro una de tinto.
Salgo de nuevo al patio; ella baja la canasta-elevador y yo coloco una copa y la botella. (Antes sirvo mi copa).
—A ver, canijo… ¿cómo le hizo para casarse con esa mujer tan hermosa?
—Fue el destino.
—De seguro le dedicó muchos poemas.
—Algo hay de eso.
—Es su musa.
—Exactamente.
—Veo que puso un libro en su mesita (de jardín). ¿Es el libro que me va a regalar?
—Sí, en este libro, “OBRA REUNIDA”, publicado por la editorial Veracruzana, se encuentra toda mi poesía.
—No la haga de emoción y póngalo en la canasta.
Pongo el libro de poemas. La vecina sube la canastilla (sujeta al cordón) y rápidamente rompe la envoltura y ve con más atención la portada.
—¡Woow! ¿No me diga que esas nalguitas y esas piernas son de su esposa?
—No, pero se parecen ¡ja, ja, ja!
—En serio… ¿quién es la de la foto?
—No sé… La diseñadora no sé de dónde sacó la foto.
—Pues está padre la portada. ¿Es poesía erótica? Lo digo por lo que sugiere el diseño.
—Digamos que la mayoría, aunque se va a encontrar poemas que hablan del norte, del desierto, de la vida cotidiana… irónicos, muchos eróticos… Eso sí, nada de solemnidad.
—A ver… deje escojo un poema para leerlo.
—Pero léalo en voz alta… léalo para mí.
—Se lo voy a declamar como me ponían a leer poemas en la secundaria.
—¡Vientos!… Veremos cómo se escucha mi poesía brotando de sus labios… Eso es un privilegio de todo poeta, ¿sabía?
—¡Bájele, bájele!… No se me ponga cursi.
Hojea el libro cual baraja y se detiene.
—Me salió uno cortito.
La vecina empieza a leer:
BÍBLICAS III
Bienaventuradas
las nalgas
porque en ellas
está el reino de los celos.
—Vecino, ¿todos sus poemas son así de pelangoches?
—¡Ja, ja, ja!… No todos… Y no son pelangoches; los considero eróticos.
—Pues voy a leer su libro con mucho detenimiento.
—Sí… léalos con calma. Me interesa la opinión de una ex alumna de la carrera de “Escritura Creativa” de la Universidad de Austin.
La vecina se pone a leer el índice.
—Por los apartados y los nombres de los poemas me puedo dar una idea.
Se sirve otra copa del vino hasta el tope.
—Así que aquí está publicada toda su poesía.
—Es correcto.
—¿Y por qué se titula OBRA REUNIDA (1984-2009)?
—Marca los años en que se publicaron todos mis poemas.
—Me deja con el ojo cuadrado… Nada más falta que venda menudo los domingos.
—Basta de cosas aburridas; sígame contando de su ex, el narquillo.

