En el Anuario 2025 de Poetripiados, el nombre de Ricardo Salinas Pliego aparece acompañado de un mote que condensa una narrativa ya instalada en la discusión pública: “El Impostor”. No se trata de un adjetivo gratuito, sino de una lectura política y cultural sobre la distancia entre el personaje que el empresario proyecta y los hechos que lo rodean. A largo del año, Salinas se presentó como luchador social y defensor de la democracia, mientras su actuación pública y empresarial reveló una secuencia de contradicciones difíciles de ignorar.
El eje central de esa contradicción es el conflicto fiscal que mantienen sus empresas con el Estado mexicano. De acuerdo con información oficial del Servicio de Administración Tributaria (SAT), Grupo Elektra y otras compañías del conglomerado arrastran adeudos multimillonarios que, con actualizaciones y multas, han sido estimados en decenas de miles de millones de pesos.
Diversos fallos judiciales, incluida la resolución de la Suprema Corte de Justicia de la Nación en contra de varios amparos promovidos por sus empresas, han validado la legalidad de esos créditos fiscales. Aun así, Salinas insiste en presentarse como víctima de una persecución política.
Esa narrativa chocó frontalmente en 2025 con la postura de la presidenta Claudia Sheinbaum, quien fue tajante al señalar que no habrá negociación alguna y que el empresario deberá pagar su adeudo, estimado en alrededor de 54 mil millones de pesos. La respuesta de Salinas no fue institucional: recurrió, una vez más, al ataque personal y al discurso confrontacional desde redes sociales, donde ha dirigido descalificaciones reiteradas contra la mandataria, comportamiento que analistas y colectivos han calificado como misógino y agresivo.
En este 2025, Poetripiados documentó el uso sistemático de la mentira como herramienta retórica. Promesas públicas de pago que no se concretan, versiones cambiantes sobre montos y procesos legales, y la constante acusación al Estado de “extorsión fiscal” forman parte de una estrategia comunicativa que busca erosionar la credibilidad de las instituciones mientras se reviste de una supuesta causa ciudadana.
En ese contexto, el calificativo de “El Impostor” apunta a algo más profundo: a la paradoja de un magnate señalado por evasión fiscal que se autoproclama defensor del pueblo; de un empresario acusado de discursos de odio que dice encarnar valores democráticos; y de un personaje que, pese a todo, ha dejado entrever su interés en competir algún día por la Presidencia de la República.
Poetripiados no lo juzga como delincuente, pero sí como símbolo: el de una élite que exige derechos, rehúye obligaciones y confunde el ruido mediático con legitimidad política. En 2025, ese retrato ya no es marginal; es parte del debate público nacional.

