Eduardo Verástegui quiere ser la voz de la derecha mexicana, el nuevo abanderado moralista que promete salvar valores y defender a México del “mal globalista”. Sin embargo, basta mirar las cifras y el contexto para notar que su proyecto se parece más a un guion distópico que a un movimiento político viable.
Más allá del discurso apocalíptico, el músculo político no existe: 14 mil afiliados en un país con más de 95 millones de votantes no es un movimiento, es un grupo de WhatsApp grande. Muy lejos de los 256 mil 30 necesarios para convertirse en partido nacional; ni una sola asamblea registrada, ningún avance formal hacia 2027 y una retórica cada vez más estridente, casi calcada del discurso conspirativo que hemos visto antes en la ficción.
Su figura no puede evitar recordarnos a Reinhard Heydrich interpretado por Ray Proscia en la serie El Hombre del Castillo (The Man in the High Castle) o al ascenso terrorífico de Hitler interpretado por Martin Wuttke en Bastardos sin Gloria. Verastegui, es igual, un personaje dispuesto a incendiar la realidad con ideas supremacistas aunque no tenga estructura, votos ni un país detrás.
La comparación no es gratuita. Como esos villanos carismáticos, Verástegui mezcla religión, victimismo y fantasía apocalíptica. Asegura luchar contra la “ideología de género”, el “engaño climático” y la Agenda 2030 como si México estuviera al borde del colapso espiritual, proclamándose el único héroe que puede detenerlo.
Como si fuera una broma, en octubre de 2024, durante un evento de la Cumbre Latina en Doral, Florida, le regaló una pintura de la imagen de la Vírgen de Guadalupe a Trump.

Pero su guion no avanza; no hay partido, no hay asambleas y su proyecto solo reúne números similares a un club de fans, no a un movimiento político. Como los antagonistas que creen merecer el poder por mandato divino, Verástegui busca un liderazgo mesiánico, aunque en la realidad electoral sea apenas un cameo. Falló como aspirante independiente, quedó lejos de las firmas necesarias y ahora vuelve a tropezar con su propio intento de institucionalizar el ultraconservadurismo.
En febrero pasado volvió a sonar su nombre, pero no por estrategia sino por gesto. Realizó un saludo ampliamente interpretado como nazi durante su participación en la CPAC. El acto fue tan simbólico como torpe, casi una recreación involuntaria de propaganda totalitaria, como si olvidara que el siglo XXI ya no es un set cinematográfico.

Después proclamó su alianza con Donald Trump y Elon Musk, reforzando el tono conspirativo global que recuerda a ese líder secundario obsesionado con ser protagonista, rechazado por el sistema y convencido de que la historia lo ha elegido aunque nadie más lo crea. Verástegui insiste en representar una verdadera resistencia conservadora, aunque sus resultados cuenten una historia completamente distinta.
Hoy el actor se parece más a un personaje escrito por alguien que leyó demasiado sobre nazismo pero olvidó estudiar democracia. Su movimiento no tiene carne electoral, solo estética ideológica; no construye instituciones, solo discursos incendiarios en redes. Y mientras se fotografiaba con Trump, acusaba a Kamala Harris y Biden de ser traficantes de niños sin ofrecer pruebas, repite frases de guerra cultural que en pantalla podrían funcionar, pero en política exigen números, asambleas, firmas, votos.
México no es El Hombre del Castillo, ni él es el Führer alterno que salvará la nación. Sin territorio partidista, sin registro y con apenas un puñado de seguidores radicalizados, Verástegui está más cerca de ser un villano menor que de escribir el capítulo real en la historia del país.

