Uno de los actores estelares de una saga de ciencia ficción que, tras casi medio siglo, sigue siendo considerada la mejor del universo —sí, hablamos de Star Wars— y de uno de los aventureros más intrépidos del cine, Indiana Jones, el hombre que convirtió un sombrero viejo en símbolo mundial, tuvo inicios tan poco glamorosos que hoy sonarían a guion de comedia independiente.
Nadie, absolutamente nadie, imaginaba que aquel joven con mirada tímida, manos de carpintero y papeles que duraban menos que un comercial pasaría a convertirse en una de las figuras cinematográficas más queridas del planeta. Porque la leyenda no nació en una pantalla dorada: se talló a martillazos, literal y metafóricamente.
Harrison Ford tiene 83 años, cinco entregas, tres personajes inmortales en Indiana Jones no solo es Indiana Jones, también es Han Solo y Rick Deckard. Tres vidas dentro de una sola, tres universos que le dieron permanencia en la memoria global. ¿Pero quién diría que ese mismo ícono alguna vez apareció en pantalla durante 40 segundos… sin crédito… y diciendo poco más que un mensaje al protagonista?
La realidad es menos épica que la que acostumbramos contar. Ford debutó en 1966 con un rol fugaz en Ladrón y amante y al año siguiente repitió hazaña en Luv… quiere decir amor: apareció, chocó un carro, dio un puñetazo y se fue. Hollywood tomó nota, pero apenas, como quien guarda un recibo sin saber que un día valdrá millones.
Su primer papel con nombre propio llegó después, en La cabalgata de los malditos, donde decidió añadir una “J” para diferenciarse de un actor del cine mudo. Detalle menor, pero incluso las leyendas necesitan distingos tipográficos al principio.
Luego vino la cicatriz: esa marca en la barbilla que cualquier fan podría reconocer incluso en una silueta. No nació en una batalla espacial ni por culpa de un látigo mal usado —eso fue la versión cinematográfica— sino de un accidente automovilístico rumbo a un trabajo cualquiera en California, donde el joven Harrison aún no sabía que su destino estaba en otro lugar. Volante, poste, sangre, hospital: así se escribe parte de la mitología real detrás del héroe.
Esa misma humanidad marca una de las anécdotas más celebradas del actor. Durante el rodaje de En busca del arca perdida, Ford estaba enfermo de disentería y solo podía grabar por intervalos de diez minutos. La famosa escena del villano que luce su espada frente a Indy debía ser una larga coreografía, pero Ford, agotado, sugirió lo más lógico y lo más impensable para un héroe de acción: desenfundar y disparar. En segundos. Sin acrobacias. Spielberg aceptó, la cámara rodó, el público rió y la historia quedó sellada. La debilidad humana creó uno de los momentos más fuertes del cine.
Así, de fallos, golpes, castings olvidados, cicatrices reales y decisiones improvisadas se construye una leyenda. No con efectos especiales, sino con persistencia, terquedad y un sombrero que nunca terminó de caerse. Y ahora, con una nueva película en puerta, solo queda preguntarnos si Indy seguirá corriendo con la misma elegancia torpe que lo volvió inmortal o si, a esta edad, el látigo también pedirá descanso.
De cualquier forma, es Harrison Ford. No podría ser de otra manea, ¿no?
Y eso —por sí solo— ya es aventura suficiente.

