Mi vecina se estaba sincerando. El doce de cervezas se esfumó.
Ella me llevaba la delantera; dio cuenta de ocho cervezas y yo me tomé cuatro.
—¿Ya no tiene cerveza, vecinito?
—Cerveza ya no… Van a ser las tres de la mañana y creo que ya está un poco incróspida. ¿Qué le parece si dejamos la plática para otra ocasión?
—No sea aguafiestas… Y no estoy borracha. ¿Qué más tiene para beber?
—¡Ya lleva ocho cervezas!
—¿Me las está contando?
—No… pero su hermana me puede acusar de corrupción de menores si la ve así.
—¿Cómo?… ¿Me ve usted borracha?
—Hasta eso que no.
—Sí sé tomar… y más cerveza.
—Mi temor es que se vaya a caer cuando use la escalera para bajar.
—¡Me conozco! Estoy bien… Saque el tequila, mientras voy a hacer pipí.
—¿Desea tequila blanco o reposado?
—Me da igual.
Entro de nuevo a la casa y aprovecho también para ir al baño. Vuelvo al patio con una botella de Herradura Blanco y dos caballitos. Me sorprende ver a mi vecina ya sentada entre el limón y el naranjo.
—¿Que no iba a ir al baño?
—Ya hice… Nada más fui al centro de la azotea. El baño me queda muy lejos.
—Qué práctica… Baje la canasta; le voy a poner la botella y un caballito para que se sirva. Es tequila Herradura.
—Este tequila está muy rico… Ya lo he probado.
—Pega como patada de mula… Tómeselo despacito.
—Ya le dije que sí sé tomar.
—¿En qué nos quedamos con lo de su novio gringo y celoso?
—Elijah empezó a portarse muy raro. Por todo me reclamaba y era muy posesivo. El manager de la cafetería le prohibió la entrada, entonces empezó a darme mucha lata por el celular; cuando no le contestaba o apagaba el celu, me armaba un escándalo al llegar a su depa. Yo hablaba con él sobre sus celos infundados y se calmaba por unos días, pero volvía a recaer.
—¿Y por qué lo aguantaba? Usted es una mujer muy bella, joven, simpática e inteligente… Cualquier hombre caería a sus pies.
—¿Usted cree?
—Por supuesto que sí.
—Es que estaba enamorada de ese güey.
—¿Le llegó a pegar?
—Hasta eso que no, pero en algunos altercados llegó a romper cosas. Por ejemplo, la puerta de la recámara tenía un boquete por un puñetazo que tiró y me pasó rozando.
—O sea que le iba a pegar.
—No, no… Iba dirigido a la puerta.
—Eso es violencia aquí y en China.
—Sí… se ponía como loco.
—Oiga, ¿y su novio no se metía alguna droga?
—No solo se metía, ¡sino que vendía drogas! Ese era su trabajo… Y drogas de todo tipo… surtido rico.
—¿Y qué chingados hacía una mujer tan linda como usted con un dealer?
—Pues ya ve… Una que es pendeja.
—¿Abiertamente se dedicaba a eso cuando se lo consiguió?
—¡Claro que no!… Fue cuando descubrí en el clóset una caja de zapatos atiborrada de billetes de veinte, cincuenta y cien dólares.
Yo me quedé perplejo.

